viernes 2 de enero de 2009

Feliz ano nuevo

Que sí. Que feliz dosmilnosecuantos, que el vivo a la uva y el muerto a la parra. Y venga a volar el confetti. Pero lo siento, no cuenten conmigo. Pensaba en esto la vieja noche cuando, yaciendo boca arriba sobre el suelo de mi habitación, decidió la azarosa providencia regarme el rostro con un poco de vino, así, como quien no quiere la cosa y sin embargo no hace nada por evitarla. Fue de una patada. La botella se precipitó desde el borde de la mesa, y empecé a comprender. Entendí lo que quisiste decirme aquella vez, también lo que yo te dije. Metí los morros sangrantes en el lavabo, todavía con el eco del pésame recorriéndome los lóbulos bulbogenitales, y durante unos minutos, que pudieron ser diez o pudieron ser cien, deseé que fueras tú quien estuviese bajo el agua fría. Una vez ignorada la masacre en mi cara, me puse el abrigo y salí a la calle a contar milongas impremeditadas a unas insulsas meretrices de ésas de calentarse la autoestima a tu costa y olé. Y qué más da, me dije, si mañana no recordaré nada, toda vez que el líquido rojo suele estar de tu parte en momentos de tensión autodiplomática. Pero fui víctima y culpable al tiempo de un imperdonable error de calculo; yo, tan versado en estas cuestiones. Lo reconozco. Creo que no bebí lo suficiente como para desearte un feliz año nuevo al amanecer, aunque me habría gustado poder gritártelo a la cara por última vez.