lunes, 4 de junio de 2007

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Llevo tanto tiempo sin escribir que me resultaría imposible, palpando y sin mirar, dar con la combinación de teclas necesaria para plasmar una diéresis. Me he hecho mayor, he olvidado a Lázaro de Tormes y he aprendido a poner una lavadora, a metaforizar centrifugados mediante letras. Letras. Ya no creo en ellas. Al menos, no como antes. Aprecio con deleite el buen talle de una helvética maciza, vive Dios, pero ya no me interesa saber qué hace cuando sale por la puerta de casa. Me fijo en lo más inmediato. Que si tiene un buen lomo, el pie fino y alargado, o el cuello de un cisne. Pero se acabaron las adolescentes jornadas y las genialidades de diván, los helados compartidos, el bote de colonia vertido sobre su bufanda, la disputa entrañable. "Una h muy compensada, sin duda, mas desconozco cuándo y por qué adquirió el mutismo que la estigmatiza, o si le duele, o si le azora. Como comprenderá, son éstas cuestiones que me inducen a una radical indiferencia. Si pregunta por mí, dígale que me he muerto al tratar de coger el metro desde el andén contrario".

Ahora, me interesa todo aquéllo que no puede ser pronunciado. No quiero saber su nombre, conocer su calle, ni su cantautor favorito. Prefiero pregnarme de su cara o su busto recortando el fondo blanco de una hoja. Porque sé que así sera más fácil acordarme de ella, y también olvidarme. Me ensortijo entre sus brazos, mientras aprecio con descaro los andares de una otra cualquiera que me embarga momentáneamente con meros afeites de buscona malasañera ni demasiado joven para reír ni demasiado madura para llorar. Y así, las observo detenidamente, y juego a imaginar que se encuentran un buen día, en el epílogo nunca antes hojeado, y se preguntan por mí, mutuamente y casi al unísono. "¿Qué fue de...?" Entonces yo las pienso como un todo, y aunque un día ambas ostentaron mi alcoba y se supieron antagónicas, ahora soy yo lo que las une, aunque me rehúyan. Precisamente por eso.

1 comentario:

Eduardo dijo...

Lo impronunciable es mucho más elevado que lo que se puede pronunciar. Pensemos en el sexo, algo sublime, pedestre y rastrero para algunos, lleno de ruidos y grafías sonoras sin soporte tipográfico. Pensemos en la muerte, en un parto, en los ruidos acechantes de un ascensor: nada de eso tiene su correlato escrito. Pongamos, pues, a las letras en su sitio, con los puntos sobre las íes bien puestos.