miércoles, 4 de julio de 2007

Compendio sobre cómo meterse en un cubo de basura (reedición)

Existen diversas maneras mediante las cuales un hombre puede meterse en un cubo de basura. Los puristas abogan por el procedimiento clásico. Introducir la cabeza en primer lugar y tantear el fondo con las palmas de las manos y los pies colgando hacia afuera, para ir enderezando la postura a medida que las húmedas paredes interiores del habitáculo permitan ejecutar la reptílea maniobra. Los zapatos, brillantes, serán el extremo visible de la parte de cuerpo que aún no ha sido engullida. A continuación, éstos dejarán de trazar tijeras en el aire y descenderán poco a poco plegándose como la marioneta en lo oscuro del cajón. Una vez que se ha pisado la cáscara de medio kilo de aguacates, afirmando las puntas de los pies en las esquinas enfrentadas, se está preparado para ir sacando poco a poco la cabeza mediante medidos amagos de reminiscencias fetales, prestando especial cuidado en sortear un hipotético y desagradable impacto contra la tapa, que podría haberse cerrado al no encontrar resistencia. La singularidad de este método exige que el cabello sea sacudido con una mano y repasado posteriormente con un peine de bolsillo.

Otros optan por vencer el cubo y colocar su abertura a ras de suelo. En postura horizontal, de invalidez postbélica, se imprimirá sobre las manos toda la fuerza que sea posible para arrastrar el cuerpo hacia el interior, tratando de no derramar el contenido sobre la acera inclinada. No obstante, la posible fuga de fluidos viscosos podría dificultar la operación, para lo cual se aconseja la utilización de guantes de esparto, o un palo de madera firme y curtida que ejerza de palanca. Cuando al menos dos terceras partes del cuerpo se encuentren depositadas en el recipiente, se buscará una superficie estable -puede valer una pared o el capó de un coche mal aparcado-, que servirá para poner en pie el cajón a medida que se va escalando con la ayuda de las manos y los codos, tratando de no resbalar o precipitarse hacia el suelo súbitamente si las ruedas del contenedor así lo propiciasen. La particularidad de esta opción requiere fuerza física y escaso sentido del ridículo, así como una innegable dosis de fe en las posibilidades del ser humano.

Existen otras metodologías de carácter peregrino, las cuales inducen al sujeto a precipitarse con los ojos cerrados desde lo alto del techo de un automóvil impregnado de escarcha. El salto ha de ser limpio y medido, con la finalidad de enfundarse el contenedor sin consecuencias que posteriormente hayan de lamentarse a la luz artificial de una consulta médica. Una vez dentro, y partiendo del supuesto de que el protagonista ha ejercido su derecho a la verticalidad, sobreviene un estado de reflexión diogénica. Pensar en todo lo que se ama, en la familia, el trabajo, la pareja, el club de pádel, el párrafo de una novela paradigmática, el recuerdo del primer encuentro, y decidir sublimarse como ser humano imperfecto para alcanzar cotas infinitas de excelencia, al tiempo que se repasan los bordes del plástico recipiente con la lengua acartonada por las conversaciones superfluas que no alimentaron el espíritu. Permanecer un cuarto de hora al abrigo de la indiferencia más absoluta, y posteriormente introducirse con escasa ambición en las abismales simas pobladas de desechos donde nadie jamás buscaría nada importante.

La última de las opciones queda reservada para los que conciben el escrúpulo tan sólo como una esdrújula irrelevante. Consiste en tumbarse en el frío suelo boca arriba y suspender el cubo, en vilo y justo encima de la propia cabeza, y dejar que el contenido vaya mojando las sienes hasta que éstas luzcan brillantes a la luz de una farola. A continuación, y reconociendo que en este truco no existe la mano de ningún mago, se invertirá el proceso del conejo y la chistera, y se dejará caer el abismo con sutil elegancia, de modo que no resulte en un paradigma de gastado kamikaze, previsible y chabacano. Llegado a este punto, será la propia inercia la que irá absorbiendo o abduciendo al sujeto hacia arriba, como un ratón engullido por la serpiente, y se agitarán las extremidades, en un guiño de fatalidad fingida, para que nadie pueda jamás intuir la aquiescencia del individuo, evitándose de este modo los siempre incómodos juicios postmortem y la sentencia de la Historia.

[...]