martes 29 de diciembre de 2009
miércoles 30 de septiembre de 2009
No estaba muerto
viernes 18 de septiembre de 2009
Di no
De pequeño, mis mayores me tildaban de negativo. "No", les respondí una y otra vez, sin que ello menoscabara en modo alguno sus prejuicios hacia el no. "No, no soy negativo, no, no tenéis razón, no, no sabéis de lo que habláis." Ha pasado el tiempo y tal vez me pesen un poco más las pelotas, tal vez, digo. Por lo demás, sigo en mis trece. Algo sucedió cuando me instalé en el cabalístico tridécimo. Ya no volví a mirar el mundo de otro modo. Por eso, y dadas las circunstancias, opté por nacer un día trece, o, incluso, elegí no nacer antes que hacer cualquier otra cosa. Eso cuando aún elegía elegir: eso fue antes de nacer, ya ha llovido. Por eso, cuando echo la primitiva, siempre marco el trece y nada más. Quizá, en alguna ocasión, tache el treinta y uno; o el uno y el doce; o el dos y el once; o el tres y el diez; o el cuatro y el nueve, o el cinco y el ocho; o el seis y el siete; o el siete y el seis; o el ocho y el cinco; o el nueve y el cuatro; o el diez y el tres; o el once y el dos; o el doce y el uno; y cosas así. Mis compañeros de clase de aquel año, en plena época de fastos comulgantes y de convites con señoras gordas y de fotos sobre la chimenea de infantes e infantas con vello en los bigotes, me preguntaron aterrados el origen de este afecto mío. Y yo cogí una pelota de tenis que se encontraba en el suelo y me la metí en la boca. Y así hasta hoy.
De pequeño, sólo compré plastilina negra, ante el estupor de compañeros, familiares, y hasta del tendero. "Llévate la roja, o la azul, o la verde, pero la negra no, la negra no es para venderse." Y yo dije que no, que me dé la negra, la negra, ¿Me entiende? La negra. Un buen día, mis nazarenos de plastilina negra se derritieron sobre el armario de los exámenes y adoptaron unas posturas goyescas que no he podido olvidar jamás, ahí sentado, con la barbilla apoyada en los puños y los ojos bien abiertos. Nadie parecía darse cuenta, los y las niñas o también llamado el alumnado o el colectivo y la colectiva de alumnos y alumnos y alumnas y alumnos confeccionaban un mural en el suelo sobre algo relacionado con la pascua. Los muñecos negros de plastilina arqueaban los brazos como cogidos por la yunta de unos bueyes. Parecieran también escrupulosos arroceros tratando de llevarse limpios los sacos del arroz, uno en cada mano. En la pizarra, dos grupúsculos humanos en chándal pugnaban encendidos: se trataba de dilucidar si la joven Sharon Stone tenía tablas suficientes como para derrocar a Kim Basinger en el altar de las mujeres deseadas. Borrador y tiza en mano, el líder de cada facción borraba y escribía por turnos, jaleado por su gris cohorte. Y los muñecos seguían ahí, y yo no podía sacarme de la cabeza a Michel Pfeiffer bajando en el ascensor en el precio del poder. Y al volver a mirar encima del armario sólo pude apreciar una mancha negra y un intenso olor a aceite que me dejó imbécil. Y así hasta hoy.
viernes 11 de septiembre de 2009
Tienes (1) mensaje
Esa gente, que ya no es gente sino conglomerado atómico listo para su descomposición, fue un día como tú. Como tú, ellos también glosaron los misterios de la existencia e hicieron partícipes de ello a muchos otros que, a su vez, contestaron. Como tú, un día abrieron el correo y proclamaron que la vida es corta, larga, horrible, maravillosa, única, insignificante, preciosa, repugnante, y todas esas revelaciones que soltamos, cursis y sentenciosos, frívolos y grandilocuentes, según hayamos follado o no, según tengamos el estómago vacío o lleno. Ahora lo tienen lleno de gusanos, pero están llenos, al fin y al cabo, como siempre quisieron. Como siempre quisiste.
martes 2 de junio de 2009
Carmen y Rodrigo
Carmen, por su parte, se está descojonando viva.
viernes 29 de mayo de 2009
Ribera

Sé que estáis ahí. A medida que rondáis mi ventana aprieto con más fuerza el mango del cuchillo jamonero y me encomiendo a algo que aún no he decidido. Las tripas se me ponen del revés. Me duele, en el fondo, tener que atravesaros con la hoja de acero, pero esto es lo que hay. Me importan cada vez menos vuestras motivaciones, vuestros asuntos, los motivos por los que chilláis como maricas en una cazuela, como vedettes cornudas de la literatura digital, como putas calvas que encontraron un espejo demasiado pronto y se quedaron sin ideas. Sé que os acabaréis asomando, uno a uno, y aquí os espero, con la vena hinchada. Estoy desnudo y parezco un Ribera, pero no del Duero, y me siento tan absolutamente bello que quisiera poder follarme en esta penumbra amarillenta. Me deleito. Imagino vuestra sangre casi negra y espesa descendiendo desde el cuello a los tobillos, y empiezo a reencontrarme conmigo mismo. Podría tumbarme ahí, en el charco aún templado, y retozar como un recién nacido abrigado por la certeza de lo prorrogable y por la mano de mamá. Podría, por qué no, olvidarme de que mañana siempre amanece, de que los rostros adornados de sangre reseca bajo la luz blanca pierden todo el misticismo, ignorar que al fin y al cabo soy un hombre y nada más. Os culpo por ser tan asquerosamente feos. Os desprecio por vuestra ridícula manera de patalear para no ahogaros y ponerlo todo perdido de maquillaje barato. Algún día, algún día.
miércoles 1 de abril de 2009
Desintentar
miércoles 18 de marzo de 2009
La vie en rose
domingo 1 de marzo de 2009
martes 27 de enero de 2009
Meter la pata
sábado 24 de enero de 2009
Sugus de piña
miércoles 14 de enero de 2009
Champagne sobre la nieve
viernes 2 de enero de 2009
Feliz ano nuevo
miércoles 24 de diciembre de 2008
Nostalgenital
Me despojo.
Me descargo.
Me desemboco.
A veces te recuerdo con la polla en la mano, y un iceberg afilado me separa la espalda en dos mitades precisas. Otras, simplemente, me siento huérfano y corro a buscarte golpeándome contra las paredes, alimentándome de esa adrenalina mohosa.
Me desgracio.
Me destrozo.
Me desvivo.
Me destodo.
viernes 19 de diciembre de 2008
Agoraferia
Al pisar la Plaza de España ya no estás.
martes 9 de diciembre de 2008
viernes 19 de septiembre de 2008
Tetas
Tenías, y supongo, seguirás teniendo.
Bien puestas, en tu pecho, en mi cabeza.
Nunca dejaron de estar, de hecho.
Me jodiste, pero qué tetas.
Pusiste sobre la mesa, entiendo.
Que no era la única recompensa.
Pero el tiempo borra el resto.
Quedan tus tetas, hermosas,
ricas y excelsas, morenas,
traicioneras, deliciosas,
el vestido negro de seda,
qué cabrón, acariciándolas,
y el instante en esa cena,
en el que levantamos nuestras copas,
y al fondo, siempre, tus tetas.
sábado 13 de septiembre de 2008
Rabia
Sácamela,
bésame los puños,
conviérteme en un ser humano.
A mí también me gusta pasear
y llorar en algunos cines.
Muérdeme el coraje,
y arráncamelo
con tu boca inmensa.
Y deja en su lugar
algo que tenga tu forma.
Para recordarte
cuando ya no vuelvas,
y seas tú el motivo
de la rabia.
jueves 11 de septiembre de 2008
Los amantes del Noviciado
Parece que os gusta. Sí, ya sé que el bajonazo tiene que ser como mil infiernos ardiendo dentro del estómago, pero luego os besáis las lágrimas, y os largáis con el pecho a punto de explotar, de pie y casi sin tocar la tierra, a otro rincón detrás de un coche en el que os volvéis a hacer el amor con las puntas afiladas y la certeza de que todo, incluso la plenitud, tiene fecha de caducidad. La vuestra es más inminente, pero estáis preparados. Y volvéis a ejecutar el ritual, tan entrenado, de llenaros el cuerpo de caricias y promesas, que se agotan, sí, pero quién puede decir que no, quién está a salvo, quién me puede prometer, ahora mismo, que no se sentó nunca en un escalón, al abrigo de las efímeras estupideces, y no cerró los ojos. Vosotros los lleváis siempre cerrados, y así os resulta más fácil, aunque habrá momentos, no lo dudo, en los que ese silencio os coma las entrañas. Pero son formas de hacer las cosas, y quién puede juzgar, quién puede decir que lo ha hecho mejor. Yo me miro a mí mismo, mientras os entiendo desde detrás de mi ventana, y me gustaría salir un rato a charlar con vosotros para contaros que, de un modo u otro, seguiré propagando vuestro virus aunque no lo quiera, porque ya lo llevo dentro y me ha empezado a consumir. Yonkies de Madrid. Siempre peleando por un pico, siempre peleando por un beso.
miércoles 3 de septiembre de 2008
Máquina de matar
tengo que ser una máquina,
una máquina de matar,
de matar la tristeza.
De matar la tristeza.
O ella me mata a mí,
o la mato yo a ella.
Y yo soy una máquina,
una máquina de matar,
de matar la tristeza.
Hombre de vientre
y animal de cabeza.
Y revolucionario sin estrategia.
Y si hay que matar, se mata.
La tristeza que tengo, tristeza.
Pongamos por caso
que nunca dijimos,
que nunca vivimos.
Supongamos que nunca nacimos,
que nunca nos fuimos,
que nunca volvimos.
Supongamos que nunca existimos,
supongamos que nunca,
y pongamos por caso que te echo de menos.
Supongamos que nunca.
miércoles 27 de agosto de 2008
¿Quién pone los nombres a nuestras calles?
sábado 24 de mayo de 2008
Así en la muerte como en la vida
lunes 19 de mayo de 2008
Me dejo de rodeos
domingo 18 de mayo de 2008
Advocación terrena
sábado 17 de mayo de 2008
A 59 segundos del final
sábado 10 de mayo de 2008
El esquiador dadaísta 1:10
sábado 3 de mayo de 2008
el esquiador dadaísta 1:9
El esquiador, por ser dadaísta, repudia cualquier clase de pragmatismo en sus maniobras de evasión.
sábado 26 de abril de 2008
el esquiador dadaísta 1:8
Un esquiador, al ser dadaísta, concibe la muerte como un proceso aséptico de búsqueda de sí mismo.
sábado 19 de abril de 2008
El esquiador dadaísta 1:7
El esquiador, como buen dadaísta, a veces flirtea con la mentira de sentirse periodista.
sábado 12 de abril de 2008
El esquiador dadaísta 1:6
Dialectõrum verbi gratia:
- ¿Desea usted una subida de sueldo?
- No, gracias.
- Quiere ser beneficiario de una felación gratuita no vinculante?
- Se lo agradezco, pero no.
- ¿Le retiro los utensilios de tortura para que pueda usted holgarse un tanto mientras procedemos a su ejecución?
- Más bien, no.
- ¿Asistió su persona a congresos de índole dadaísta en la década de los años treinta?
- Nonuncajamás.
sábado 5 de abril de 2008
El esquiador dadaísta 1:5
El esquiador, por ser dadaísta, rara vez aprobará tales conductas lingüísticas, salvo en individuos hemipléjicos o bajo amenaza nuclear.
sábado 29 de marzo de 2008
El esquiador dadaísta 1:4
Dialectõrum verbi gratia:
- ¿Beatles o Rolling Stones?
- Caldo de morcilla, gracias.
- ¿Postfranquismo o socialsocialismo?
- Un manjar exquisito.
- ¿Florinda Chico o Brigitte Bardot?
- Excelente caldo, insisto.
- ¿Menotti o Bilardo?
- Una morcilla realmente superior, bocado de cardenal, excelsa y suprema metaforización de dios. (sic)
sábado 22 de marzo de 2008
El esquiador dadaísta 1:3
- Evitará la confrontación directa en asientos paralelos de autobús o ante individuos que portan utensilios de pesca.
- Buscará el modo de entrar a un locutorio y solicitará el uso del retrete. Una vez allí, la metodología se torna dispar y confusa, quedando el desenlace a merced del esquiador.
- Acompañará cada aseveración con un leve gesto de complicidad fingida, aderezado con un fuerte pisotón y media vuelta antes de proceder a abordar una nueva cuestión.
- Propiciará la muerte instantánea del subconsciente, para evitar lastres irreversibles de inesperadas consecuencias en la psique.
sábado 15 de marzo de 2008
El esquiador dadaísta 1:2
jueves 13 de marzo de 2008
Compendio sobre cómo meterse en un cubo de basura (reedición)
Existen diversas maneras mediante las cuales un hombre puede meterse en un cubo de basura. Los puristas abogan por el procedimiento clásico. Introducir la cabeza en primer lugar y tantear el fondo con las palmas de las manos y los pies colgando hacia afuera, para ir enderezando la postura a medida que las húmedas paredes interiores del habitáculo permitan ejecutar la reptílea maniobra. Los zapatos, brillantes, serán el extremo visible de la parte de cuerpo que aún no ha sido engullida. A continuación, éstos dejarán de trazar tijeras en el aire y descenderán poco a poco plegándose como la marioneta en lo oscuro del cajón. Una vez que se ha pisado la cáscara de medio kilo de aguacates, afirmando las puntas de los pies en las esquinas enfrentadas, se está preparado para ir sacando poco a poco la cabeza mediante medidos amagos de reminiscencias fetales, prestando especial cuidado en sortear un hipotético y desagradable impacto contra la tapa, que podría haberse cerrado al no encontrar resistencia. La singularidad de este método exige que el cabello sea sacudido con una mano y repasado posteriormente con un peine de bolsillo.
Otros optan por vencer el cubo y colocar su abertura a ras de suelo. En postura horizontal, de invalidez postbélica, se imprimirá sobre las manos toda la fuerza que sea posible para arrastrar el cuerpo hacia el interior, tratando de no derramar el contenido sobre la acera inclinada. No obstante, la posible fuga de fluidos viscosos podría dificultar la operación, para lo cual se aconseja la utilización de guantes de esparto, o un palo de madera firme y curtida que ejerza de palanca. Cuando al menos dos terceras partes del cuerpo se encuentren depositadas en el recipiente, se buscará una superficie estable -puede valer una pared o el capó de un coche mal aparcado-, que servirá para poner en pie el cajón a medida que se va escalando con la ayuda de las manos y los codos, tratando de no resbalar o precipitarse hacia el suelo súbitamente si las ruedas del contenedor así lo propiciasen. La particularidad de esta opción requiere fuerza física y escaso sentido del ridículo, así como una innegable dosis de fe en las posibilidades del ser humano.
Existen otras metodologías de carácter peregrino, las cuales inducen al sujeto a precipitarse con los ojos cerrados desde lo alto del techo de un automóvil impregnado de escarcha. El salto ha de ser limpio y medido, con la finalidad de enfundarse el contenedor sin consecuencias que posteriormente hayan de lamentarse a la luz artificial de una consulta médica. Una vez dentro, y partiendo del supuesto de que el protagonista ha ejercido su derecho a la verticalidad, sobreviene un estado de reflexión diogénica. Pensar en todo lo que se ama, en la familia, el trabajo, la pareja, el club de pádel, el párrafo de una novela paradigmática, el recuerdo del primer encuentro, y decidir sublimarse como ser humano imperfecto para alcanzar cotas infinitas de excelencia, al tiempo que se repasan los bordes del plástico recipiente con la lengua acartonada por las conversaciones superfluas que no alimentaron el espíritu. Permanecer un cuarto de hora al abrigo de la indiferencia más absoluta, y posteriormente introducirse con escasa ambición en las abismales simas pobladas de desechos donde nadie jamás buscaría nada importante.
La última de las opciones queda reservada para los que conciben el escrúpulo tan sólo como una esdrújula irrelevante. Consiste en tumbarse en el frío suelo boca arriba y suspender el cubo, en vilo y justo encima de la propia cabeza, y dejar que el contenido vaya mojando las sienes hasta que éstas luzcan brillantes a la luz de una farola. A continuación, y reconociendo que en este truco no existe la mano de ningún mago, se invertirá el proceso del conejo y la chistera, y se dejará caer el abismo con sutil elegancia, de modo que no resulte en un paradigma de gastado kamikaze, previsible y chabacano. Llegado a este punto, será la propia inercia la que irá absorbiendo o abduciendo al sujeto hacia arriba, como un ratón engullido por la serpiente, y se agitarán las extremidades, en un guiño de fatalidad fingida, para que nadie pueda jamás intuir la aquiescencia del individuo, evitándose de este modo los siempre incómodos juicios postmortem y la sentencia de la Historia.
[...]
sábado 8 de marzo de 2008
El esquiador dadaísta 1:1
Un esquiador, si es dadaísta, nunca preguntará la hora. Se dejará llevar, a lo sumo, por su intuición temporal-cognoscitiva para ir ubicando los sucesos de una jornada en su correspondiente franja horaria.
Verbi gratia:
- A eso de las 12 am he hecho un recuento de todo lo que me hace peor persona y le he puesto demasiado azúcar.
- Sobre las 3 pm he dado una vuelta por el cementerio con mi traje nuevo de esquiador, y los transeúntes se han quedado paralizados de la enbidia. (sic)
- Aproximadamente sobre las 6 pm he vomitado confetti.
- A las 10 pm, minuto arriba, minuto abajo, he hecho acopio doméstico de hormigas muertas y las he dispuesto en fila india desde el salón hasta la panadería.
- Hace escasos minutos, he comenzado a sentir miedo de la primavera.
jueves 6 de marzo de 2008
..
Ahora, me interesa todo aquéllo que no puede ser pronunciado. No quiero saber su nombre, conocer su calle, ni su cantautor favorito. Prefiero pregnar su cara morena, o su busto recortando el fondo blanco de una hoja. Porque sé que así sera más fácil acordarme de ella, y también olvidarme. Me ensortijo entre sus brazos, mientras aprecio con descaro los andares de una otra cualquiera que me embarga momentáneamente con meros afeites de buscona malasañera ni demasiado joven para reír ni demasiado madura para llorar. Y así, las observo detenidamente, y juego a imaginar que se encuentran un buen día, en el epílogo nunca antes hojeado, y se preguntan por mí, mutuamente y casi al unísono. "¿Qué fue de...?" Entonces yo las pienso como un todo, y aunque un día ambas ostentaron mi alcoba y se supieron antagónicas, ahora soy yo lo que las une, aunque me rehúyan. Precisamente por eso.
Cuando echo la vista atrás y trato de repasar las decisiones más cruciales de mi vida, no puedo sino acordarme de una tarde de junio de 1986 en la que yo opté por comerme un diario, página por página, dejando para el postre la portada, por aquel entonces, pintada en salados tonos negruzcos y de torpe ejecución. La culpa fue de un tal Christopher Bambridge, oceánico taimado y aguafiestas, quien me demostró, ahora lo sé, cómo hay veces en que la historia se escribe y perpetúa a raíz de fugaces e imperfectos destellos retinianos de alguien que estaba allí de paso y que, para colmo, suele ser el más equivocado de todos. Aquel día quise ser plumilla, para redactar una y otra vez el acta del internacional desafuero. Pero ahora, pasado el tiempo, caigo en la cuenta de que no recuerdo ni una sóla palabra de la crónica que mojé de redondas y amplias lágrimas, grisáceas y corrosivas, y que, en cambio, no puedo apartar de mi memoria el magnífico logo de un yoplait de macedonia que dejé caer sobre la alfombra, consternado.
Esta es la historia de cómo me convertí en iconizador, y de por qué no he vuelto a probar el yogur de macedonia ni a confiar en los sms que conjugan un "te quiero". Y, qué cojones, no he necesitado teclear ni una sóla diéresis.
lunes 2 de julio de 2007
Yo no sé hacer blogs
Me confieso incapaz de controlar de forma mesurada y consensuada los productos culturales que pudiere generar mi azotea en virtud de su caprichosa voluntad química, y me arrastro como un dircom en tiempos de crisis sin plan a la vista, con la línea editorial zigzagueante y a ratos degradada de un diario local de poco lustre, devaluando el producto, desencadenando la debacle silenciosa. Y aún así, hay quien me lee y escribe, aunque yo elimine comentarios convertido en censor compulsivo cada vez que me da por reempezar el blog y redefinir las adhesiones a mi causa, y me da por sentarme a organizar mi extinción sin sobresalto alguno, con el único objetivo de no malgastar las palabras, porque no son infinitas, me digo, y el día que se me acaben, voy a optar por ingresar en prisión como medida preventiva. Me gustaría reconocerme en tí, en tí, en tí y en tí, y devolverme mejorado, o empeorado, pero con el regusto en el paladar de haber aprendido algo por el camino, al más puro estilo barojiano en su imperfeccionista deriva hacia ninguna parte. Quizá sea ésta mi función en este vodevil barato lleno de asientos caros y vacíos. Empeorar a la humanidad con mi escaso sentido de la responsabilidad y del decoro y, como un sembrador inconsciente, ir recogiendo tempestades para volver a reeditarlas mejoradas en su mezquindad, pulidas, hasta llegar a rozar la miserable perfección en el eco vacío que se repite de forma indefinida. El espacio de algo que no es y no está. Quiero creer que, como dijo aquel puerro esta vida es un cencerro, hay una posibilidad de reordenar los haces de luz desordenados, y concentrarlos todos en el asesinato premeditado y cínico, y pausado, y deleitado, de una hormiga que empezó siendo un dinosaurio para morir lupa mediante. Y hacer mi estilo más permeable, y utilizar la retórica para evadirme del taedium vitae, porque yo también soy "un hombre curioso que se aburre desde la más tierna infancia", y ahorrarme unos euros en psicoanalista, y destinarlos a viajar. Porque me sale de los cojones.
Y aún así, me leen y me vuelven a escribir. A todos ellos, gracias por creer en nosotros. Va por ustedes.


