domingo, 13 de marzo de 2016

El esquiador dadaísta 2:4

Un esquiador dadaísta ha nacido para ser feliz. Asido a su fatalista excusa, ebrio de infalibilidad y marqueting, un esquiador es capaz de anudarse la corbata en tres minutos contados de reloj biológico y no obstante parecer comunista.

Consciente de ello, un esquiador fingirá no darse cuenta de nada. Si es dadaísta, un esquiador se envolverá en una manta de terciopelo y dirá que el frío viene de adentro. Un esquiador, si es dadaísta, comprará un auto de segunda mano y lo venderá en una aplicación mobile por aquéllo de incentivar la ekonomia. A continuación, sintiéndose rumano, un esquiador concebirá dos hijos y verterá sobre ellos todo lo original que haiga dentro de síc.

El esquiador, a estas alturas subvencionado, confeccionará un simulacro de lo visceral con perlas muy finas y las dispondrá con esmero bajo el cuello de una mujer española que llora, daltónica y desnuda, sobre un juego de twister en el año de 1980.

jueves, 12 de febrero de 2015

El esquiador dadaísta 2:3

Un esquiador dadaísta nunca montará en helicóptero. Un esquiador, si es dadaísta, no romperá el aire en círculos por considerarlo un modo inelegante de hacer escuela. Un esquiador que es dadaísta no tomará fotos del vuelo acompasado de las aves que vuelven al nido, ni dejará constancia alguna de haber llorado sentado en un banco del parque Rotschild junto a Casanueva.

El esquiador, consciente de la terquedad de los bomberos, prenderá con revistas antiguas los cigarros que fuman dos señoras de hidrógeno y alpaca frente al bar de Concepción, esquina Camborini. A continuación, el esquiador recogerá del suelo las hojas que quedaron limpias -un sindicalista con ojos muy redondos, una vedette recostada en canapé- y con ellas confeccionará un sombrero nuevo.

En puridad, un esquiador dadaíste responderá con versos enfermos a los requerimientos de sus clientes. El esquiador, nacido dadaísta, masticará las alhajas robadas con los dientes brillantes que re-escriben la Historia.

martes, 17 de junio de 2014

El esquiador dadaísta 2:2

Un esquiador dadaísta nunca hablará en público. En su lugar, el esquiador masticará en todo momento su propia lengua y brindará sonrisas de boca llena a dos tucanes húngaros con camisa celeste de cuello blanco que aplauden pasadas las cinco de la tarde en una mesa larga donde concurren los caudillos de una corporación supranacional de coaching management. Consciente de la fragilidad del tiempo en Castilla, un esquiador dadaísta dibujará formas que aluden a la urgencia de las cosas con las migas caídas del pan y a continuación las hará resbalar por el mantel hasta depositarlas en el interior de una vieira hueca que fuma Ducados.

El esquiador, intuyéndose dadaísta, irá un momento al baño a retocarse con carmín el borde de los ojos. Al volver, si es dadaísta, un esquiador gastará unas monedas en la máquina de las frutas y alineará tres aguacates por cada proclama. El esquiador, encendido y con un sentido rítmico del desastre, accionará la palanca y a su vez una campana adornará las sentencias a medida que éstas son anunciadas desde el centro del cadalso, al tiempo que recoge las monedas y las deja caer al suelo trazando la forma de un pájaro sin pico o un torero desnudo o tal vez los labios de un alacrán fumando cigarrillos finos.

Un esquiador, por ser dadaísta, celebrará siempre el éxito con una sonrisa muy proactiva.


miércoles, 12 de enero de 2011

El esquiador dadaísta 2:1

Un esquiador dadaísta tiene una excusa: su caso es como el de esas muñecas chinas de segunda categoría que lloran cuando habrían de reír y ríen junto al cadáver recién estrenado de una niña de nueve años, con los brazos muy abiertos como un arcángel ebrio, o una gitana recibiendo el premio de la lotería. El esquiador, por ser dadaísta, soporta también un drama: cuando intenta explicarlo, su boca ya no es más que el borde resbaladizo de una trampa para pavos reales, y lo que pretendía ser sentencia se vuelve chiste, y el ejemplo único, y los párpados castañuelas.

El esquiador, sabiéndose dadaísta, vestirá el discurso con faldas y dará una palmadita paternalista a cada palabra que se precipita como si fuera la última, buscando el reconocimiento de otras que quedaron suspendidas en la liviandad de su atonía, y las enseñará a adoptar posturas impensables en pleno descenso, y las rematará con tildes gruesas allí donde la aerodinámica desaconseja. Si es dadaísta, un esquiador dirá que la puerta del despacho está abiertá, y firmará los albaranes del repartidor de bollería con los restos de las formas verbales depositadas en el empeine de sus zapatos.

En todo el proceso, un esquiador dadaísta se pondrá muy digno y fingirá que trataba de salvarlas en el aire, apuntillándolas en el suelo cuando el otro no mira.

viernes, 2 de julio de 2010

Fernanda. (Amores de juventud II)

Cabalgamos con los ojos cerrados, embebidos de esa mística que convierte en futiles los fonemas y alumbra nuevas formas de entenderse. Fue tu esponja negra, figura geométrica, casi pitagórica, la que limpió de palabras mi retórica estéril como lo son las armas que no saben usarse, y le puse acento y ritmo a esa manera tuya de decir sin decir, desdiciéndote con tus gestos, recogiendo las semillas del maíz maduro como lo haría una princesa del pueblo. Te movías, y ya ni siquiera asomarían los colibríes en la ventana, avergonzados de no ser tú, avergonzados de no llamarse tú. Al borde de tu abismo, desarbolado y febril, compuse al azar, recogiendo con la punta de los dedos los indicios que gritaban que era tu vagina un ópalo de fresa abierto al crepúsculo, una yema de carbón aterciopelada y gentil. Sucedió así: al retirar de mi cuerpo tus babas como horchata helada que vierte un niño sobre el sampancracio de escayola que alguien tiró a la basura, me di cuenta de que eras clínicamente subnormal y que llevabas casi seis horas tratando de marcar el número de la policía en el despertador de la mesita de noche. Entonces ya era demasiado tarde.

Manuela. (Amores de juventud I)

Ella era una de ésas mujeres que creían ser la primera de todas las mujeres entre los pliegues de un vestido blanco de verano con motivos nuevoclásicos, siempre escudriñando de perfil con pose oblicua, y eterna, y solemne como un busto antiguo de maizena, los nombres de las calles en los cruces, sin mirar, en realidad, a ninguna parte, y abordaba las aceras, y teorizaba sobre las bocas y los chicles aplastados, y en ocasiones me miraba como el niño del sexto sentido. Se enamoraba a menudo de tipos que se llamaban Víctor, o Javier, o Erik, y normalmente se manchaba con el postre, y se reía, y se reía, y se reía de su risa, y escribía acerca de la risa que se hacía en una libretita roja, y la deslizaba, con criminal disimulo, en las mesas de las bibliotecas, en los baños de las teterías, en los bares de hombres violentos.

miércoles, 30 de septiembre de 2009

No estaba muerto

Vuelvo. Así, como encabalgado, descabalgado, mediocaído del corcel y recogiendo florecitas a galope. Estoy volviendo. Devolviendo. Estoy pasando el eco sobre el eco, así, reseteando la hora del té, del techo de menos, del sin techo, del subsuelo, del te hamo, del perro poco ladrador y que ya tampoco muerde. Bien mirado, todo son ventanas. Por las que mirar, por las que asomarse y asolarse, y desolarse, si me apuras o depuras, a la sombra de los flashes, a la luz de la lejía, a la puerta de la clase. Estoy sonando de nuevo. No me pican las narices. Lo juro. No me azotan los vapores, ni siquiera. No me mima mi mamá, y tal vez por eso. Y por lo pronto, ya voy tarde, como a mí me gusta. Me regusta, que diría. Hoy es hace dos años. Una puta menos en Canarias, una excusa menos en las palmas. El insomnio va sobre el pienso entre las manos chiflando como un cabrero. Y cada vez quedan menos cabras para tanto perro, para tanto estiércol. Abierta la manada, paso como el vendedor de Espasa que se dejó el almuerzo en lo alto del peñón de cal. Todo son parabienes de la máxima autoridad dibujados en el aire con el cayado. Con y sin participio. Con y sin discurso estéril, sin silencio, sin prudencia. Con y sin plaza, sin emplazamiento, sin sitio, sin trinchera. Con y sin cantos, sin sirenas, sin cantar de gesta. Como la real cañada del concejo de la mesta, del reguero de la mesa, del pan, de la duquesa. Estoy enfilando con el filo puntiagudo de mi polla calabresa la capital de las enciclopedias.

viernes, 18 de septiembre de 2009

Di no

De pequeño, mis mayores me tildaban de negativo. "No", les respondí una y otra vez, sin que ello menoscabara en modo alguno sus prejuicios hacia el no. "No, no soy negativo, no, no tenéis razón, no, no sabéis de lo que habláis." Ha pasado el tiempo y tal vez me pesen un poco más las pelotas, tal vez, digo. Por lo demás, sigo en mis trece. Algo sucedió cuando me instalé en el cabalístico tridécimo. Ya no volví a mirar el mundo de otro modo. Por eso, y dadas las circunstancias, opté por nacer un día trece, o, incluso, elegí no nacer antes que hacer cualquier otra cosa. Eso cuando aún elegía elegir: eso fue antes de nacer, ya ha llovido. Por eso, cuando echo la primitiva, siempre marco el trece y nada más. Quizá, en alguna ocasión, tache el treinta y uno; o el uno y el doce; o el dos y el once; o el tres y el diez; o el cuatro y el nueve, o el cinco y el ocho; o el seis y el siete; o el siete y el seis; o el ocho y el cinco; o el nueve y el cuatro; o el diez y el tres; o el once y el dos; o el doce y el uno; y cosas así. Mis compañeros de clase de aquel año, en plena época de fastos comulgantes y de convites con señoras gordas y de fotos sobre la chimenea de infantes e infantas con vello en los bigotes, me preguntaron aterrados el origen de este afecto mío. Y yo cogí una pelota de tenis que se encontraba en el suelo y me la metí en la boca. Y así hasta hoy.

De pequeño, sólo compré plastilina negra, ante el estupor de compañeros, familiares, y hasta del tendero. "Llévate la roja, o la azul, o la verde, pero la negra no, la negra no es para venderse." Y yo dije que no, que me dé la negra, la negra, ¿Me entiende? La negra. Un buen día, mis nazarenos de plastilina negra se derritieron sobre el armario de los exámenes y adoptaron unas posturas goyescas que no he podido olvidar jamás, ahí sentado, con la barbilla apoyada en los puños y los ojos bien abiertos. Nadie parecía darse cuenta, ahí, al fondo, les alumnes confeccionaban un mural en el suelo sobre algo relacionado con la pascua. Los muñecos negros de plastilina arqueaban los brazos como cogidos por la yunta de unos bueyes. Parecieran también escrupulosos arroceros tratando de llevarse limpios los sacos del arroz, uno en cada mano. En la pizarra, dos grupúsculos humanos en chándal pugnaban encendidos: se trataba de dilucidar si la joven Sharon Stone tenía tablas suficientes como para derrocar a Kim Basinger en el altar de las mujeres deseadas. Borrador y tiza en mano, el líder de cada facción borraba y escribía por turnos, jaleado por su gris cohorte. Y los muñecos seguían ahí, y yo no podía sacarme de la cabeza a Michel Pfeiffer bajando en el ascensor en el precio del poder. Y al volver a mirar encima del armario sólo pude apreciar una mancha negra y un intenso olor a aceite que me dejó imbécil. Y así hasta hoy.

viernes, 11 de septiembre de 2009

Actualice su perfil

Me pregunto qué pasará con las cuentas de facebook de la gente que se mata. Tal vez se queden ahí para siempre, y el moho se posará por igual en los mensajes definitivos que escribimos para vaciarnos un día y en los consejos anónimos para aumentar penes y reducir penas; también quedarán obsoletos los tequiero y los dramas, los que una vez nos encogieron el pecho y nos pusieron al filo del andén, se irán amarilleando hasta adoptar matices de caricatura, de chiste, de historieta de yonki en parada de autobús, de vieja solitaria en la cola del súper.
Esa gente, que ya no es gente sino conglomerado atómico listo para su descomposición, fue un día como tú. Como tú, ellos también glosaron los misterios de la existencia e hicieron partícipes de ello a muchos otros que, a su vez, contestaron. Como tú, un día proclamaron que la vida es corta, larga, horrible, maravillosa, única, insignificante, preciosa, repugnante, y todas esas revelaciones que soltamos, cursis y sentenciosos, frívolos y grandilocuentes, según hayamos follado o no, según tengamos el estómago vacío o lleno. Ahora lo tienen lleno de gusanos, pero están llenos, al fin y al cabo, como siempre quisieron. Como siempre quisiste.

La historia trágica de un stripper que se encontró a su mujer en la cama con un funcionario. La operación de senos de la prima de una peluquera que se muere de envidia y de cáncer y no tiene dónde ponerse las mechas fucsia. El inexcusable fracaso escolar del hijo mediano financiado por la muerte en la mediana de su marido cinco años antes. La intoxicación de huevos duros aquel verano en que dejaron de abrazarse en la cama y esa fobia compartida a los huevos que ya es lo único que comparten. El viaje a Puntacana, el desplante de la suegra, el despido improcedente, el sexo regurgitante en la oficina, el gol ilegal, la última novela de mierda, el hambre de los negritos. Carne de cañón, plomo puro.
Me pregunto quién cerrará sus cuentas, a quién le será otorgado el privilegio o la condena; quién leerá la correspondencia con un bocadillo de chorizo en la mano, quién se rascará el culo mientras escudriña, morboso, la base de datos en busca de cada parasiempre, de cada telojuro, de cada pienso-de-que, de cada buenasuerte, que ahora suenan a puñetazo en la arena, a vuelo de mosquito, a musiquilla casio. Quién se descojonará hasta desgarrarse la garganta cuando constate, una vez más, que hemos venido al mundo a hacer el imbécil y a dejar la huella escrita y flagrante de ello.

martes, 2 de junio de 2009

Carmen y Rodrigo

Son el mito moderno de Orfeo y Eurídice. Rodrigo ama la literatura. La escribe así: li-te-ra-tu-ra. Se da una vuelta en bicicleta. Se pede. Se ride. Se jacta y escribe otra vez: li-te-ra-tu-ra. Rodrigo cree en la amistad, pero no en la que arruga las solapas, y así se va tejiendo una mullida tela de araña para cuando se precipita, que suele ser a menudo. Porque Rodrigo no tiene nada a lo que asirse, salvo la palabra asirse, aunque casi nadie lo sabe. Le gusta comer marisco, y con el tacón de sus zapatos marrones hace crujir el plástico que envuelve a las gambas. Y entonces pontifica: "Las gambas, seres kafkianos en forma y fondo, deudores de sí mismos, and cétera and holelá." Pero, por encima de todo, Rodrigo adora olisquear sus calcetines antes de meterlos en la lavadora, le petit plaisir, que lo llama. "Esto también es literatura, li-te-rra-tu-rra incluso" -se anuncia; y un afilado gritito mozartiano amenaza con quebrar las vírgenes de escayola en el salón, y siete mil infantas se yerguen y aplauden en espasmo coral con las pestañas a la virulé. Lo siguiente será comprar un billete para viajar a alguna parte. "Esto debe ser publicado" -se apunta. "Mímesis. Recuerdo esas escapadas... el concejal me observa, desabrido, yo lo escruto a él, descerrajado, y el olear de las olas, chapeau, la mirada del que mira, la que se curte y se tornasola, retorno de carro, titotí, titotá". Y Rodrigo se sienta de nuevo en el sofá, sin perder detalle de su reflejo en la tele apagada, preguntándose por qué el alma le huele a coliflor mustia.

Carmen, por su parte, se está descojonando viva.

martes, 14 de abril de 2009

amor.com

Hemos decidido, de mutuo acuerdo, jodernos la vida un poco.
Vamos a matar personas en las fiestas de Logroño.
Vamos a correr por las calles y a partirnos sendos morros.
Vamos a arrancar el mes de febrero y a comérnoslo todo.
Vamos a poner de art nouveau la pared del inodoro.
Vamos a fundar la isla donde se pudran los tramposos.
Vamos a llorar sin pena la marcha de Benito Floro.
Vamos a robar medallas en los juegos de Sapporo.
Vamos a follarnos como en los documentales de los osos.
Vamos a comprar el pan de la mano pero lloraremos solos.
Vamos a apilar los libros en la ventana.
Y que se los lleven todos.

miércoles, 1 de abril de 2009

Desintentar

Dicen los empiristas que hay que pensar y vivir acorde a la experiencia. Y una mierda. Encuentren el gozo en hacer algo contra toda lógica, y fracasen en el intento, una y otra vez, hasta pulir su técnica y equipararla a la pericia de un chimpancé pelando un cacahuete en el estrado del Congreso de los Diputados. Y no acierten al tratar de metérselo en la boca. Y descojónense, que es gratis, oigan; háganlo en la penumbra, mientras ahí afuera el bombardeo se agudiza y los rostros se van tensando, se estiran y se asimilan a caretas de tragicomedia. Polarícense, pero con estilo, pues sepan ustedes que la suciedad, tan sensible a lo gravitacional, tiende a ocupar los espacios cóncavos del medio, apilándose. Tiren las caretas de cartón a la basura, y fabríquense un par con algún material precioso que deje traspasar la luz a ciertas horas del día y según la incidencia del sol. Una para antes de hacer el amor, otra para después. Háganlo en casa. Truquen su caleidoscopio, utilícenlo del revés. Vean lo blanco negro, lo negro blanco. Una vez, mi psicoanalista me advirtió de que era el momento idóneo para empezar a intentar cosas. "Y una mierda" -le dije sin decírselo. "Es el momento para empezar a desintentarlo todo."

Desintenten. Prueben a mear hacia arriba. Resulta realmente reconfortante reparar en las rendijas del rellano rellenas de residuos. Y no acudan al trabajo, por dios. En su lugar, compren lotería caducada y siéntense en la acera a observar los caminos invisibles que otros trazan. Traten de hacer tropezar con la mirada a aquellos que presenten un menor aplomo, y mimeticen el mecanismo de trastabillarse. Sosecorp sol natreivni, vacilen a la hora de subir al autobús, sientan verdadero pánico ante la posibilidad de olvidarse de cómo se traspasa una puerta. Desaprendan, vayan gateando a ver a la suegra y sean absolutamente incapaces de pronunciar una palabra, de comerse un yogur, de descifrar la hora en el reloj de la cocina de su amante. Desanden, o alguien les sugerirá que se dirijan hacia alguna parte que ustedes, probablemente, no han elegido. Hagan esto, o hagan lo contrario, pero háganlo antes de que les entren ganas reales de hacerlo y no tengan excusa para no llevarlo a cabo. Atenten, premeditadamente, contra sí mismos; cuéntense una y otra vez la verdad de las cosas y llórense los unos a los otros a la hora de los descubrimientos.
Y muéranse, esto sí, hagan el favor de intentarlo.

miércoles, 18 de marzo de 2009

La vie en rose

Tenía la nariz inundada de ese sabor ácido a impacto y a sangre, el vino acabado, la ventana cerrada. Se me iban a quebrar los dientes de tanto apretarlos. Habría podido destrozar a puñetazos la habitación, arrancarme el pecho, arañarme los ojos. Pero abrí la ventana, y de nuevo esa canción acariciando los barrotes. Des nuits d'amour à plus finir, un grand bonheur qui prend sa place, les ennuis, les chagrins trépassent... Heureux, heureux à en mourir! Ya no quise volver a entrar de nuevo, salté como en aquel verano, pero no se rompieron los cristales esta vez. La luz de la farola parecía el sol recién nacido. Estaba llorando. Llorando de amor.

domingo, 1 de marzo de 2009

martes, 27 de enero de 2009

Meter la pata

Ya me parece haberte visto alejándote calle abajo, y te he maldecido. A estas alturas, te has ido ya mil veces, y creo que no puedo soportarlo. No te conozco, y aún así miras tan de perfil que te la vistes a ella por momentos, con una precisión tal que me haces dudar sobre quién llegó primero, sobre quién se fue después. Te adoro, porque la anhelo a ella, porque la quise tantas veces que ahora no tengo dónde colocar el eco de todo lo que le dije, quizá pensando en ti, que aún no habías llegado, quizá pensando en ella, la de antes de ella, la que también fue una vez el centro del cuadro. Empiezan a cansarme las manías que volcarás en mí, pero lo compenso con los abrazos que ya me has dado, aunque no me hayas dado nada, ni siquiera un motivo para recordarlo. Quiero que sepas que eso que aún no te he dicho lo dije sin querer, porque ya sabes cómo son estas cosas. Quiero que tengas muy presente que jamás te perdonaré todo eso que aún no me has hecho, y por ello dejo constancia escrita. A pesar de todo, te mando un beso que probablemente no te llegue nunca porque lo hice antes de que llegaras. Te quería tanto que no puedo dejar de mirar los mensajes que aún no me has enviado, ahora que todavía no has pegado en la puerta y me has dejado tan solo, mirando mi propia sombra, la que mañana temprano proyectará el sol contra la acera que una vez tú y yo pisamos como si no existiera nada bajo nuestros pies. Te quiero, pero una vez más fuiste demasiado puntual, y en tu ausencia de retraso no he tenido tiempo para pensar en cómo explicarte que ya no puedo quererte porque es imposible, y con esta forma de anticiparme he vuelto a meter la pata que meteré dentro de algún tiempo.

sábado, 24 de enero de 2009

Sugus de piña

Me vienes a joder los momentos que escojo para joderte yo a ti. Me siento y todo son sombras. Te vistes con las caras de otras y me bailas alrededor. Para qué, me pregunto, qué coño es lo que hago siempre mal. Deseo que te mueras, tú y tú, que voy a dar un salto que quedará registrado en el libro de los récords. El suelo está supurando ginebra, parece que se va a desangrar. Cada vez quedan menos cristales rotos en la ventana. 

Con las manos metidas en los bolsillos he empezado a pensar en ti, y los he llenado de agujeros.

martes, 13 de enero de 2009

Champagne sobre la nieve

La verdad es que nunca he creído demasiado en lo que hago, en lo que soy. Me cuesta mirarme a mí mismo y no descojonarme vivo. Me pregunto a veces qué carajo es esa cosa naranja que lleva la fabada litoral. Ruge el microondas y todo me parece rotundamente vulgar, y a ratos me gusta, claro que me gusta. ¿Cómo inventar así grandes cosas? ¿Cómo eludir esta nadería? ¿Cómo creerse alguien en este vodevil, si cada mañana, ante el espejo, me dan ganas de partirme la cara? Me aburren los juglares, también los eruditos de cartón, los panaderos que nunca han probado el pan que endosan a media ciudad y los que lo entregan mordisqueado. Lo mejor es salirse, me digo. Voy a escapar hacia dentro, con los pies en la mesa y mirando al techo. ¿Acaso hay algo más? No soy un ser humano, soy un playmobil. Tú también, aunque te resistas a soplar el castillito de naipes sobre el que te balanceas orgulloso y bobalicón cuando te abandona la lucidez. Lo único importante es la fricción genital, todo lo demás parece un burdo procedimiento encaminado a la fricción genital. Mejor saltarse el protocolo. Quiero ser Ernesto de Janofa en domingo, retozar desnudo sobre la nieve y rociarme las pelotas con champagne. Saldré mañana a la calle con una sonrisa cómplice que cruzaré contigo que me lees y estás de acuerdo. Nos encontraremos en las esquinas, en los bares y comisarías, y todo estará ya dicho, y sonará esa musiquita graciosa que viene de algún rincón del universo y que suena a orgasmo y a sinergia. Nos saludaremos, comeremos juntos sin dejar de mirarnos, y apoyaremos sendas versiones ante la justicia, que nunca va a creernos. Después, seguiremos jugando un rato hasta que nos cansemos de verdad, hasta que no podamos más, y entonces saltaremos a la vía cogidos de la mano.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

Nostalgenital

Me desnudo.
Me despojo.
Me descargo.
Me desemboco.

A veces te recuerdo con la polla en la mano, y un iceberg afilado me separa la espalda en dos mitades precisas. Otras, simplemente, me siento huérfano y corro a buscarte golpeándome contra las paredes, alimentándome de esa adrenalina mohosa.

Me desgracio.
Me destrozo.
Me desvivo.
Me destodo.

viernes, 19 de diciembre de 2008

Agoraferia

Por la Calle de los Reyes la gente huye de las bombas que caen, un rato sí y otro también, sobre sus sienes tostadas. Se alejan mordiendo el humo blanco a un palmo de sus caras de cristal, y los chinos, que siempre se apuntan a los bombardeos, corren a refugiarse tras los carteles de helados que ya nadie fabrica. Ella parece sonreír, pero es sólo la sombra en picado de otro que cae, proyectada bajo la nariz. Los chinos también se han confundido, y no tardan en rectificar los precios. Yo, en cambio, me resisto y vuelvo a resbalarme en esa acera brillante que siempre me impulsa hacia abajo. Los tengo dentro del estómago. A veces, uno se me asoma al pecho y vomita los aceros afilados de la aeronáutica inservible. Hay que ver cómo me río. Hay que ver cómo nos miran. Ellos también lo saben, pero susurran para otro lado, y ahora noto que tengo rotos los bolsillos y que me está entrando demasiado frío. He mirado la hora y siguen siendo las ocho en punto. Ya no huele a pan recién hecho, los coches destrozan el claxon y se me ha olvidado la letra de esa canción. Por un momento has pensado en subir la Gran Vía para desayunar algo, y la humedad de tu mano me ha dejado la mía para tirarla a la basura, tan temprano.

Al pisar la Plaza de España ya no estás.

martes, 9 de diciembre de 2008

viernes, 19 de septiembre de 2008

Tetas

Me mataste, pero qué tetas.
Tenías, y supongo, seguirás teniendo.
Bien puestas, en tu pecho, en mi cabeza.
Nunca dejaron de estar, de hecho.
Me jodiste, pero qué tetas.
Pusiste sobre la mesa, entiendo.
Que no era la recompensa. No.
Pero el tiempo borra el resto.
Quedan tus tetas, hermosas,
ricas y excelsas, morenas,
traicioneras, deliciosas,
el vestido negro de seda,
qué cabrón, acariciándolas,
y el instante en esa cena
en que levantamos nuestras copas
y al fondo, siempre, tus tetas.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Rabia

Llevo dentro la rabia.
Sácamela,
bésame los puños,
conviérteme en un ser humano.
A mí también me gusta pasear
y llorar en algunos cines.
Muérdeme el coraje,
y arráncamelo
con tu boca inmensa.
Y deja en su lugar
algo que tenga tu forma.
Para recordarte
cuando ya no vuelvas,
y seas tú el motivo
de la rabia.

jueves, 11 de septiembre de 2008

Los amantes del Noviciado

Os escucho a través de la ventana del bajo donde habito, bajo. A oscuras. Que si esto, que si lo otro. Puta, puta, maricón, maricón. Un ratito callados. Y entonces me da por pensar en que quizá no seáis conscientes de que vuestra historia no se muere en un metro a la redonda, vosotros, que os creéis tan pequeños, o quizá, a ratos, tan grandes. Que a veces hay alguien que recoge y procesa los residuos de vuestra lucha. Me imagino a mí mismo en aquella desquiciada carrera por el centro de Barcelona, gritando su nombre, y ahora veo a una chica joven asomada en un balcón -nunca antes había estado ahí- codificando la información mal expresada, torpemente, por el alcohol, y sacando conclusiones, erróneas, que a su vez ha ido propagando con la creencia firme de que ésta era la verdad, tan gritada, como una sentencia, un vih vehiculado en la irrefutable realidad del instinto, del coito, de los besos que se dan por miedo, de las palabras aprendidas en otras dimensiones y que siempre acaban por salir, de las camas, al fin y al cabo, todas tan parecidas. "Te quiero, por dios, no te vayas, siempre se puede empezar de nuevo". Y era mentira.

Parece que os gusta. Sí, ya sé que el bajonazo tiene que ser como mil infiernos ardiendo dentro del estómago, pero luego os besáis las lágrimas, y os largáis con el pecho a punto de explotar, de pie y casi sin tocar la tierra, a otro rincón detrás de un coche en el que os volvéis a hacer el amor con las puntas afiladas y la certeza de que todo, incluso la plenitud, tiene fecha de caducidad. La vuestra es más inminente, pero estáis preparados. Y volvéis a ejecutar el ritual, tan entrenado, de llenaros el cuerpo de caricias y promesas, que se agotan, sí, pero quién puede decir que no, quién está a salvo, quién me puede prometer, ahora mismo, que no se sentó nunca en un escalón, al abrigo de las efímeras estupideces, y no cerró los ojos. Vosotros los lleváis siempre cerrados, y así os resulta más fácil, aunque habrá momentos, no lo dudo, en los que ese silencio os coma las entrañas. Pero son formas de hacer las cosas, y quién puede juzgar, quién puede decir que lo ha hecho mejor. Yo me miro a mí mismo, mientras os entiendo desde detrás de mi ventana, y me gustaría salir un rato a charlar con vosotros para contaros que, de un modo u otro, seguiré propagando vuestro virus aunque no lo quiera, porque ya lo llevo dentro y me ha empezado a consumir. Yonkies de Madrid. Siempre peleando por un pico, siempre peleando por un beso.

miércoles, 3 de septiembre de 2008

Máquina de matar

Una máquina,
tengo que ser una máquina,
una máquina de matar,
de matar la tristeza.
De matar la tristeza.
O ella me mata a mí,
o la mato yo a ella.
Y yo soy una máquina,
una máquina de matar,
de matar la tristeza.
Hombre de vientre
y animal de cabeza.
Y revolucionario sin estrategia.
Y si hay que matar, se mata.
La tristeza que tengo, tristeza.

Pongamos por caso

Supongamos que nunca nos vimos,
que nunca dijimos,
que nunca vivimos.
Supongamos que nunca nacimos,
que nunca nos fuimos,
que nunca volvimos.
Supongamos que nunca existimos,
supongamos que nunca,
y pongamos por caso que te echo de menos.
Supongamos que nunca.

miércoles, 27 de agosto de 2008

¿Quién pone los nombres a nuestras calles?

Que te diera el primer beso en la plaza de los Mártires no fue casualidad. No paraba de llover, y yo me quería morir como nunca. A partir de ahí, nos llovió en cada plaza, cada noche, tanto que aún llevo mojados los calcetines a veces.
Hoy, seis años después, también llovía. Con esa frialdad tan tuya te has ido para siempre, y he pasado por la calle del Desengaño esquivando a las putas, que hoy han sido más tiernas que tú misma.


sábado, 24 de mayo de 2008

Así en la muerte como en la vida

Muéstrame las páginas obtusas,
enséñame la destreza del estar,
como si nada fuera relevante,
así en la tierra como en el cielo.
Guardo un par de excusas
orientadas a extirparme;
es el momento de prender
nuevos fuegos en la luna.
Mírame, acaso yo no puedo
inventarme nuestra muerte
parda en la negrura.
Unidos por el pecho
tantas veces denostado,
ahora empuñamos la mirada
vacía y virulenta,
imantada en el ocaso
de la fuerza vespertina,
así en la muerte como en la vida.

lunes, 19 de mayo de 2008

Me dejo de rodeos

Me dejo las palabras
en los cantos de las hojas
que arranco en cada plaza
una vez por cada hora.
Inundo los portales
en la luz de la zozobra, 
regando los umbrales
oxidados de tu alcoba.
Me dejo los zapatos
olvidados en tu alma;
rara vez los he soltado
ignorando la nostalgia
reincidente del cansado.

domingo, 18 de mayo de 2008

Advocación terrena

Para romperte los esquemas,
incido en lo de siempre,
tratados de impaciencia,
indicios que se tuercen.
Tengo una tendencia
a desechar la suerte.

Ridículo es el paso,
incluso irreverente,
de la angustia masticada,
revelada en dos vertientes.
Una, que despierta,
enmarcada entre tus dientes,
jóvenes, pero helados.
Otra, impertinente.

Entiendo tu postura,
sirva este despiece.

Para romperme los esquemas,
uso tres palabras,
tinta, sexo, espera,
a tu boca hipotecadas.

sábado, 17 de mayo de 2008

A 59 segundos del final

Quiero y no puedo, mas
una vez pude odiarte,
ingenuo, nadie,
en el momento de decir que
rara vez conocí
otra como tú.

Fríamente lo espero,
(h)oradando la pared,
las palabras muertas,
los enigmas, los silencios
asumidos sin modestia,
recogiendo en una muestra
mis mentiras bien contadas,
escondidas como restos.

Alguna vez te sentí.

Mi angustia me recuerda,
al vuelo de un insecto,
mareando un suicidio
en el cristal imposible;
nunca es imposible.

Mirándote la boca,
el sexo dibujado en
nupcias estrenadas,
días entregados a lo
irrelevante,
zarpando a otro abismo
a bordo de un papel vacío,
buscando en el cielo
abierto y cerrado, de tus
labios.

sábado, 10 de mayo de 2008

El esquiador dadaísta 1:10

Para ser dadaísta, un esquiador ha de ignorar por completo que lo es, y no debe, ni tan siquiera, intuirlo. El esquiador asumirá que la autoconsciencia del ser constituye el primer paso para dejar de ser, y por ello vivirá ajeno a su calidad, a pesar de la evidencia y del punto de vista de octavas personas, respondiendo con cinismo a los requerimientos de todos aquellos que pudieren necesitar su talento vanguardista para solucionar incidencias de carácter doméstico. Un esquiador de educación dadaísta nunca hará uso de su propia identidad en tertulias de ascensor y parquímetro, y en modo alguno podrán establecerse vulgares conversaciones en torno a su hipotético estatus de esquiador. En el caso de ser descubierto, y si el contexto no facilita otra salida, el esquiador estará obligado a guardar silencio y mantener la mayoría de los dedos dentro de los bolsillos, palpando algún objeto de textura aterciopelada que favorezca la laxitud momentánea del rictus. Con la intención de diluir la curiosidad de eventuales advenedizos, el esquiador optará por rememorar con insistencia las hazañas de atletas soviéticos previas a la caída del muro de Berlín, y no acabará hasta que al menos uno de sus interlocutores se haya taladrado los oídos con un destornillador americano. El esquiador, dada su condición, ísta su timidez, escogerá precipitarse a un abismo cuatricromático con la lengua envuelta en papel pinocho antes que desnudar su anodino currículum en programas de divulgación gástrica.

sábado, 3 de mayo de 2008

el esquiador dadaísta 1:9

El esquiador dadaísta se muestra incapaz de atravesar una galería de arte sin sentirse parte de una dinámica perversa. Aferrado a sus propios riñones, lanzará furtivas miradas a los que miran a gente que mira a gente que mira una pintura que es observada desde el interior de un bolso de mano por un animal indescriptible que huele a fresa. El esquiador trazará dibujos en el aire con una pluma serigrafiada, la cual agitará compulsivamente, y llegará a la conclusión de que toda la escena residía ya en su hipotálamo, y maldecirá su exiguo don de la oportunidad arrastrando las suelas de los zapatos, sobre las que imprimirá una fuerza directamente proporcional a la presión que soporta su alfombrilla cada vez que un operario de telecomunicaciones aparece muerto junto al rellano. Para evitar un colapso anacrónico de fatales consecuencias, el esquiador fingirá sentirse urgido y embocará el pasillo más cercano que conduzca a los servicios públicos, y a una distancia de no menos de medio metro del umbral de los retretes cambiará súbitamente de dirección y no volverá a abrir los ojos hasta que haya tomado la calle con la cremallera del pantalón empapada en la sangre de sus propios dedos y un escalofrío calzándole las vértebras.
El esquiador, por ser dadaísta, repudia cualquier clase de pragmatismo en sus maniobras de evasión.

sábado, 26 de abril de 2008

el esquiador dadaísta 1:8

Un esquiador, para ser dadaísta, debe haber padecido, como mínimo, una muerte en accidente o dos por indigestión. Tal acontecimiento será el salvoconducto de un esquiador cualquiera en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera para adquirir la categoría pretendida, pero deberá ser silenciado durante un periodo que puede oscilar entre un día y una vida entera, dependiendo del sujeto. En cada caso, las autoridades llevarán a cabo las pertinentes advertencias y/o amenazas, y convocarán al esquiador para que comparezca ante un tribunal constituido por dos tercios de esquiadores rasos y un tercio menos la quinta parte de este último compuesto por imbéciles de color dorado y portadores de ilusión con flema. La quinta parte deberá ser completada mediante sorteo entre el censo de un barrio marginal donde la mitad más uno de los varones sean versados en ultraísmo de interior o hayan cocinado cordero con serrín el viernes de cuaresma de 1980. El esquiador encajará la sentencia de la peor manera posible y dedicará el resto de su vida a relatar las molestias que le ocasionare tal proceso, tanto si el mismo se saldara con la homologación para el dadaísmo de alta montaña, como si el mismo se saldase con la expulsión inmediata del aspirante y sin posibilidad de apelación.
Un esquiador, al ser dadaísta, concibe la muerte como un proceso aséptico de búsqueda de sí mismo.

sábado, 19 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:7

El esquiador, dadaísta de vocación, pondrá especial esmero en la ordenación alfabética de los anuncios por palabras en periódicos de tirada vecinal. Se hará cargo de las circunstancias y entenderá las urgencias del redactor que bebe un café cargado mientras su compañero yace muerto con un bolígrafo apuntillándole las entrañas, pero ello no será óbice para que tome la hoja y la devuelva corregida a los seis días de su publicación, dulcemente acomodada entre los pliegues interiores de una caja de bombones caducados. El esquiador, sensible hacia las cuestiones editoriales, abordará sin reparo la maniobra de intrusismo matinal con un paraguas enganchado en el cuello, y vomitará el zumo de naranja sobre la mesa al percatarse de que se ha tragado una cáscara de nuez.
El esquiador, como buen dadaísta, a veces flirtea con la mentira de sentirse periodista.

sábado, 12 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:6

El esquiador, si es dadaísta, abrazará con vehemencia un patrón de conducta basado en la negación. El esquiador, por ser dadaísta, asumirá de forma inequívoca todo aquéllo que no es y que no será, y todo aquéllo que no ha dicho y nunca dirá. El esquiador vivirá un negativo de su propia vida y sentirá stress cuando, de vuelta del crucero que nunca tomaría, encendiendo un puro a pesar de no haber fumado jamás, cae en la cuenta de que no ha puesto alpiste en la jaula del canario que nunca tuvo. Para un esquiador de confesión dadaísta, afirmar es claudicar, y pondrá todos los medios a su alcance para encauzar el orden natural del universo hacia el no, a pesar de lo que la razón sugiera o los indicios apunten.

Dialectõrum verbi gratia:

- ¿Desea usted una subida de sueldo?
- No, gracias.
- Quiere ser beneficiario de una felación gratuita no vinculante?
- Se lo agradezco, pero no.
- ¿Le retiro los utensilios de tortura para que pueda usted holgarse un tanto mientras procedemos a su ejecución?
- Más bien, no.
- ¿Asistió su persona a congresos de índole dadaísta en la década de los años treinta?
- Nonuncajamás.

sábado, 5 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:5

Un esquiador de firmes convicciones dadaístas nunca caerá en el recurso de la enumeración de conceptos concatenados clausurada con un redundante etcétera, etcétera, por considerarlo de mal gusto. Nada de: hoy he saltado un cadáver, he iniciado una disputa vecinal con yogures de macedonia, he contraído una hepatitis, he contado el número de violetas de la avenida, etcétera, etcétera, he perdido un mechero en el Madison Square Garden, he sacado brillo al vaso de coñac, he impregnado de ironía un anuncio de pan de molde, etcétera, etcétera, he elaborado categorías humanas con criterios dispares, he bendecido una sopa de cebolla, he escupido hacia arriba y he saltado un segundo antes de empaparme de nostalgia, etcétera, etcétera.
El esquiador, por ser dadaísta, rara vez aprobará tales conductas lingüísticas, salvo en individuos hemipléjicos o bajo amenaza nuclear.

sábado, 29 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:4

El esquiador, como buen dadaísta, y ante posteriores purgas ideológicas, no reconocerá nunca estar plenamente de acuerdo o en desacuerdo con doctrina alguna, y defenderá su postura esgrimiendo como argumento esencial el caldo de morcilla.

Dialectõrum verbi gratia:

- ¿Beatles o Rolling Stones?
- Caldo de morcilla, gracias.
- ¿Postfranquismo o socialsocialismo?
- Un manjar exquisito.
- ¿Florinda Chico o Brigitte Bardot?
- Excelente caldo, insisto.
- ¿Menotti o Bilardo?
- Una morcilla realmente superior, bocado de cardenal, excelsa y suprema metaforización de dios. (sic)

sábado, 22 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:3

Un esquiador de credo dadaísta nunca respetará postulados ajenos. Actuará, no obstante, con cierta ambigüedad a la hora de debatirlos, si es que no hay más remedio y teniendo en consideración matices diversos:

- Evitará la confrontación directa en asientos paralelos de autobús o ante individuos que portan utensilios de pesca.
- Buscará el modo de entrar a un locutorio y solicitará el uso del retrete. Una vez allí, la metodología se torna dispar y confusa, quedando el desenlace a merced del esquiador.
- Acompañará cada aseveración con un leve gesto de complicidad fingida, aderezado con un fuerte pisotón y media vuelta antes de proceder a abordar una nueva cuestión.
- Propiciará la muerte instantánea del subconsciente, para evitar lastres irreversibles de inesperadas consecuencias en la psique.

martes, 18 de marzo de 2008

Coplillas semanasanteras

No quiero ser costalero,
ni partirme las costillas,
por sacarte en mausoleo,
por las calles de Sevilla.

No quiero ser sacerdote,
ni caer en el pecado,
por tocarte el carajote,
una tarde de sábado.

No quiero ser nazareno,
ni cuadrarme el capirote,
por llevar la consonancia
de la rima en el cogote.

Quiero ser imaginero,
y clavarte en el sepulcro,
acicalarte en febrero,
y luego darte por culo.

sábado, 15 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:2

Un esquiador, al ser dadaísta, intentará recordar de forma minuciosa los nombres de todos los sujetos conocidos en cualquier circunstancia, y a tal empeño dedicará una hora diaria, que puede ser combinada armoniosamente con cualquier otra actividad doméstica. Un cepillado de dientes puede ir acompañado de la remembranza casual de todo el staff de su primer empleo: Liborio el reponedor, uno sesenta, complexión robusta y mirada turbia, fricción molar, casado con Federica, de vocación joyera pero ocupada en la gerencia de un puesto individual de buñuelos a las afueras de una localidad destinada a maniobras militares, enjuague bucal. El esquiador, de natural dadaísta, se esmerará en disimular el desempeño de esta tarea ante sus allegados, esquidores o no, y fingirá espontáneos e histriónicos ataques de tos compulsiva a cada evocación descuidada en voz alta de la lista de los integrantes de la banda municipal de música. El esquiador pondrá especial atención en desechar toda información irrelevante que pudiere distraer sus facultades cognoscitivas. El esquiador, por ser dadaísta, desconoce su grupo sanguíneo.

sábado, 8 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:1

Un esquiador, si es dadaísta, nunca preguntará la hora. Se dejará llevar, a lo sumo, por su intuición temporal-cognoscitiva para ir ubicando los sucesos de una jornada en su correspondiente franja horaria.

Verbi gratia:

- A eso de las 12 am he hecho un recuento de todo lo que me hace peor persona y le he puesto demasiado azúcar.
- Sobre las 3 pm he dado una vuelta por el cementerio con mi traje nuevo de esquiador, y los transeúntes se han quedado paralizados de la enbidia. (sic)
- Aproximadamente sobre las 6 pm he vomitado confetti.
- A las 10 pm, minuto arriba, minuto abajo, he hecho acopio doméstico de hormigas muertas y las he dispuesto en fila india desde el salón hasta la panadería.
- Hace escasos minutos, he comenzado a sentir miedo de la primavera.

miércoles, 1 de agosto de 2007

chansones deau

Peluqueras farloperas
Suena en el arradio (sic) una música estridente,
el suelo esta repleto de niños de clientes,
que conducen los cabellos desde el cielo hasta sus dientes,
cortados por la señorita de mirada circular.

Peluqueras, farloperas,
con hambre de títulos.
Peluqueras, farloperas,
no hay bragas para toda la semana.

El amor es indomable, el sabor de la debacle,
ya no quedan permanentes, la tijera está marcada,
tres minutos en el water, ya no hay profesionales,
y del baño sale moctezuma convertido en chándal.

Peluqueras, farloperas,
con hambre de títulos.
Peluqueras, farloperas,
no hay bragas para toda la semana.

Abandono el salón de ultrabelleza,
con el paso cambiado, hay grandeza
en mi cabeza, destinada a piropear,
a las cajeras que se llaman Natividad.

Peluqueras, farloperas,
con hambre de títulos.
Peluqueras, farloperas,
no hay bragas para toda la semana.

Las cajeras, especiales e hipertensas,
ya no aceptan los billetes sin monedas,
y despachan con desprecio la ternera,
con un hola, con un beso, con la bolsa y el adiós.

Peluqueras, farloperas,
con hambre de títulos.
Peluqueras, farloperas,
en Bustamante licenciadas.

Dónde está el niño pintor
Un jesucristo cualquiera,
de ojos azules y oxigenada melena,
se pregunta, con la boca de piedra:
¿Dónde está el niño pintor,
estuvo aquí hace dos días,
me pintó, y desapareció.

Lo han buscado en Candanchú,
en Madeira y en París,
por el rastro en las aceras,
y un dibujo enchiclecido,
va marcando el recorrido,
de las huellas del David.

¿Dónde, dónde está,
si no lo sabe Lobatón,
Manolete ni la Dos,
dónde o cuándo puede andar,
por qué nadie hace nada,
para encontrar al niño pintor?

Estará pintando nuestra muerte
por ser tan incompetentes,
por dejarlo relegado,
a un ratito en la parrilla,
y después lavavajillas,
que eliminan el aceite.

¿Dónde está el niño pintor?
¿Dónde está el niño pintor?
¿Dónde está el niño pintor?
¿Dónde está el niño pintor?

Pregunten a las sardinas 
- Soy becario sin contrato,
pero henchido de placer,
por ser parte del sistema
que alimenta tu saber.
En verano busco temas,
con pasión de bachiller,
rellenando los cuadritos,
del reportaje del mes.
Señor De Los Espetos,
tengo algo para usted:
¿Es cierto que el Numancia
es mejor que el Alavés?
- A mí no me preguntes,
yo no sé qué responder,
pregunta a las sardinas,
ellas tienen el porqué.

- ¿Hace frío en San Fernando?
¿Es bonito el Corte Inglés?
¿Cuánto cuesta una peonza?
¿Hay envidia en Santander?
¿Corta bien este cuchillo?
¿Sabe Elena lo de Inés?
¿Tiene grasa el cochinillo?
¿Es inquieto el Fox Terrier?
¿Manda mucho el vicealcalde?
¿Es barato un entremés?
¿Hay basura en la trastienda?
¿Quién ha montado el Belén?
¿Está enfermo el indigente?
¿Ha pasado el veintitrés?
¿Venden torta en la Zarzuela?
¿Cómo es hola en tirolés?

- Señor De Los Espetos,
gracias por el interés,
el estío es muy propicio,
pa´ la cosa del leer,
las sardinas han hablado,
con soltura y lucidez,
y han echado una manita
para el premio pulitzér.

Parece ser que nos vamos a morir (soneto)
Dejad lo que estéis haciendo, advenedizos varios,
Ramapithecus, Coelhistas y Fernandinos,
que ha llegado el momento de escupir todo el vino,
y rendir cuentas en la trastienda del sagrario.

Reposad la noticia con un poco de caldo,
holgad las narices con un sucio pergamino,
pues no hay equipaje que llevar en el camino,
ni ropajes que lucir en lo alto del Cadalso.

No lo digo yo, lo ha anunciado la portera,
cuando al sacar la basura, ha hurgado en tu correo,
y ha encontrado una carta con remite en una era.
Muy Querido Señor Mío, permíteme el tuteo,
ruego con urgencia me envíes tu calavera,
para empezar a confeccionar tu mausoleo.


El buena gente
Estaba un pescador, pescando en las orillas,
con un cubata en mano y la arena en las rodillas.
Desnudaba la barbarie sosteniendo dos patillas
de pulpo mal avenido, desposado y con familia.

Buena, buena, buena gente,
encérrado en uná menté demente,
Buena, buena, buena gente, eh...
Ah.

Pico de oro con resaca, de esos que les duele España,
sin ponencia y con la cátedra, vendida en la campaña
del alcalde y los amigos que soltaron en la playa,
dos gaviotas de bandera, por favor, que no se vayan.

Buena, buena, buena gente,
encérrado en uná menté demente,
Buena, buena, buena gente, eh...
Ah.

miércoles, 4 de julio de 2007

Compendio sobre cómo meterse en un cubo de basura (reedición)

Existen diversas maneras mediante las cuales un hombre puede meterse en un cubo de basura. Los puristas abogan por el procedimiento clásico. Introducir la cabeza en primer lugar y tantear el fondo con las palmas de las manos y los pies colgando hacia afuera, para ir enderezando la postura a medida que las húmedas paredes interiores del habitáculo permitan ejecutar la reptílea maniobra. Los zapatos, brillantes, serán el extremo visible de la parte de cuerpo que aún no ha sido engullida. A continuación, éstos dejarán de trazar tijeras en el aire y descenderán poco a poco plegándose como la marioneta en lo oscuro del cajón. Una vez que se ha pisado la cáscara de medio kilo de aguacates, afirmando las puntas de los pies en las esquinas enfrentadas, se está preparado para ir sacando poco a poco la cabeza mediante medidos amagos de reminiscencias fetales, prestando especial cuidado en sortear un hipotético y desagradable impacto contra la tapa, que podría haberse cerrado al no encontrar resistencia. La singularidad de este método exige que el cabello sea sacudido con una mano y repasado posteriormente con un peine de bolsillo.

Otros optan por vencer el cubo y colocar su abertura a ras de suelo. En postura horizontal, de invalidez postbélica, se imprimirá sobre las manos toda la fuerza que sea posible para arrastrar el cuerpo hacia el interior, tratando de no derramar el contenido sobre la acera inclinada. No obstante, la posible fuga de fluidos viscosos podría dificultar la operación, para lo cual se aconseja la utilización de guantes de esparto, o un palo de madera firme y curtida que ejerza de palanca. Cuando al menos dos terceras partes del cuerpo se encuentren depositadas en el recipiente, se buscará una superficie estable -puede valer una pared o el capó de un coche mal aparcado-, que servirá para poner en pie el cajón a medida que se va escalando con la ayuda de las manos y los codos, tratando de no resbalar o precipitarse hacia el suelo súbitamente si las ruedas del contenedor así lo propiciasen. La particularidad de esta opción requiere fuerza física y escaso sentido del ridículo, así como una innegable dosis de fe en las posibilidades del ser humano.

Existen otras metodologías de carácter peregrino, las cuales inducen al sujeto a precipitarse con los ojos cerrados desde lo alto del techo de un automóvil impregnado de escarcha. El salto ha de ser limpio y medido, con la finalidad de enfundarse el contenedor sin consecuencias que posteriormente hayan de lamentarse a la luz artificial de una consulta médica. Una vez dentro, y partiendo del supuesto de que el protagonista ha ejercido su derecho a la verticalidad, sobreviene un estado de reflexión diogénica. Pensar en todo lo que se ama, en la familia, el trabajo, la pareja, el club de pádel, el párrafo de una novela paradigmática, el recuerdo del primer encuentro, y decidir sublimarse como ser humano imperfecto para alcanzar cotas infinitas de excelencia, al tiempo que se repasan los bordes del plástico recipiente con la lengua acartonada por las conversaciones superfluas que no alimentaron el espíritu. Permanecer un cuarto de hora al abrigo de la indiferencia más absoluta, y posteriormente introducirse con escasa ambición en las abismales simas pobladas de desechos donde nadie jamás buscaría nada importante.

La última de las opciones queda reservada para los que conciben el escrúpulo tan sólo como una esdrújula irrelevante. Consiste en tumbarse en el frío suelo boca arriba y suspender el cubo, en vilo y justo encima de la propia cabeza, y dejar que el contenido vaya mojando las sienes hasta que éstas luzcan brillantes a la luz de una farola. A continuación, y reconociendo que en este truco no existe la mano de ningún mago, se invertirá el proceso del conejo y la chistera, y se dejará caer el abismo con sutil elegancia, de modo que no resulte en un paradigma de gastado kamikaze, previsible y chabacano. Llegado a este punto, será la propia inercia la que irá absorbiendo o abduciendo al sujeto hacia arriba, como un ratón engullido por la serpiente, y se agitarán las extremidades, en un guiño de fatalidad fingida, para que nadie pueda jamás intuir la aquiescencia del individuo, evitándose de este modo los siempre incómodos juicios postmortem y la sentencia de la Historia.

[...]

lunes, 4 de junio de 2007

..

Llevo tanto tiempo sin escribir que me resultaría imposible, palpando y sin mirar, dar con la combinación de teclas necesaria para plasmar una diéresis. Me he hecho mayor, he olvidado a Lázaro de Tormes y he aprendido a poner una lavadora, a metaforizar centrifugados mediante letras. Letras. Ya no creo en ellas. Al menos, no como antes. Aprecio con deleite el buen talle de una helvética maciza, vive Dios, pero ya no me interesa saber qué hace cuando sale por la puerta de casa. Me fijo en lo más inmediato. Que si tiene un buen lomo, el pie fino y alargado, o el cuello de un cisne. Pero se acabaron las adolescentes jornadas y las genialidades de diván, los helados compartidos, el bote de colonia vertido sobre su bufanda, la disputa entrañable. "Una h muy compensada, sin duda, mas desconozco cuándo y por qué adquirió el mutismo que la estigmatiza, o si le duele, o si le azora. Como comprenderá, son éstas cuestiones que me inducen a una radical indiferencia. Si pregunta por mí, dígale que me he muerto al tratar de coger el metro desde el andén contrario".

Ahora, me interesa todo aquéllo que no puede ser pronunciado. No quiero saber su nombre, conocer su calle, ni su cantautor favorito. Prefiero pregnarme de su cara o su busto recortando el fondo blanco de una hoja. Porque sé que así sera más fácil acordarme de ella, y también olvidarme. Me ensortijo entre sus brazos, mientras aprecio con descaro los andares de una otra cualquiera que me embarga momentáneamente con meros afeites de buscona malasañera ni demasiado joven para reír ni demasiado madura para llorar. Y así, las observo detenidamente, y juego a imaginar que se encuentran un buen día, en el epílogo nunca antes hojeado, y se preguntan por mí, mutuamente y casi al unísono. "¿Qué fue de...?" Entonces yo las pienso como un todo, y aunque un día ambas ostentaron mi alcoba y se supieron antagónicas, ahora soy yo lo que las une, aunque me rehúyan. Precisamente por eso.

miércoles, 2 de mayo de 2007

Prólogo

Arder como forma de exilio vital, buscar un espacio analgésico donde el amor sea sólo una palabra, y la muerte sea lo único inevitable.