martes 29 de diciembre de 2009

Llevo toda la tarde sentado en este escalón frío que bien podría ser de hielo o de mármol o de roca de un volcán que ahora está callado y no se le espera para decir nada. Estoy palpando con la mano derecha y me deleito en pasar la palma por la húmeda textura de salmón arrugado que me sostiene. Tengo los pies ahí delante bien estirados y estoy tratando de adivinar cuál será el próximo gesto, si espiral o quiebros de tobillo alternos; quizá los junte por la punta. Al separarlos he encontrado la mirada recia de un señor sentado al pie de una estatua que se erige levantando al cielo un botellín de cerveza vacío. A cada leve movimiento de mi cuerpo, por mínimo que sea, sus pupilas lo acompañan simultáneamente y lo registran como un taquígrafo. He despegado la palma derecha de la superficie helada y ya estaban ahí sus ojos violeta vigilando la trayectoria, pero no he podido verlo porque cuando lo miro a los ojos sus pupilas ya me están apuntando a las mías y entonces no puedo saber qué esta pasando con la mano y con la mirada que la abarcaba hace un segundo. Sospecho que la haya podido dejar ahí sujetando el movimiento de mi mano con hilo de pescar casi invisible, el movimiento que he abortado para mirarle a los ojos súbitamente, y en efecto compruebo que la mano sigue donde estaba y sus ojos también, atravesándola de un lado a otro sin derramar una gota de sangre. Tomo constancia del dolor, pero lo guardo de momento debajo de los pulmones no sea que el frío pueda entrar por la minúscula y profunda herida y me arañe las venas como un cable de acero sujeta y araña y va soltando al mismo tiempo el puente que nadie cree que vaya a caerse nunca. He vuelto los ojos del revés para mirar por dentro y tutelar el viaje de ese dolor desde la mano al vientre, para que no se despiste, y por un momento una bola de acero fría hasta echar humo ha forzado las fibras y las venas del brazo para abrirse paso con la seguridad parsimoniosa del reo que se sabe culpable. Mientras tanto, en el centro del pecho, una vejiga de color rosáceo se ha abierto como una crisálida y ha dejado el hueco exacto donde habitará el inquilino procedente de la mano y cuyo crepitar de órganos y huesos ya se siente cada vez más cerca. Dicho y hecho, esa cosa se ha dejado enfundar y se ha quedado ahí metida como el roedor dormita exhausto en la garganta de la serpiente, para suceder a continuación un silencio sepulcral que me ha permitido escuchar el bombeo de mis arterias e incluso la oxidación del oxígeno en mis células y de repente un grito. Me he asomado un poco más hacia el socavón que se ha abierto por dentro de mi cuello, pero ahora está todo negro y me pregunto qué carajo está pasando ahí abajo. Si el hombre sigue mirando, lo más seguro es que no encuentre más que el dorso de mis globos oculares brutalmente hundidos hacia dentro y algunos vasos sanguíneos cortados y goteando como esas tuberías de edificios contiguos que se desploman. Y la mano en el mismo lugar, inmóvil, sangrando hacia dentro, y la respiración y el ritmo en mis pulmones que probablemente se haya acrecentado y no dudo que el tipo también tomará nota de estas contracciones en mi pecho y las seguirá minuciosamente con sus pupilas demasiado pequeñas. Y entonces alguien me ha golpeado levemente en el hombro para pedirme algo y yo he llevado mi mano izquierda a la frente y he tapado los ojos con el pelo largo de mi flequillo y he respondido a sus demandas romaníes con un escueto "No, lo siento",  y un susurro vengativo me ha alcanzado la nuca cuando el individuo se alejaba, y ese golpe de aire seco y despojado ya de letras y fonemas se ha filtrado a la altura del bulbo cerebral sin poder contenerlo, y ha caído también al fondo de la garganta bien abajo, dejando un eco cadencioso que ha estado reverberando al menos durante un minuto para desaparecer después y volver a instalarse la quietud de velatorio. Un pellizco a continuación me ha contraído toda la barriga hacia un mismo punto, un agujero negro succionador de una virulencia tal que excede las limitaciones de cualquier proceso visceral que pueda tener lugar en el interior de un cuerpo humano. Me he retorcido y me he arrastrado al suelo caminando boca arriba como las arañas y alrededor del eje de mi mano derecha, inmóvil y clavada en la piedra, haciendo de punta del compás y yo trazando con histrionismo el semicírculo que pintarían en los aquelarres griegos. Instintivamente he dirigido la mano izquierda a la boca, y una vez superado el puño la estrechez de la mandíbula que acostumbra a cerrarse cuando éste golpea, y habiendo constatado que el gálibo permitía la operación, se ha detenido también al borde de la garganta, temeroso, justo debajo de mis ojos que un poco más arriba se asoman y que ahora se abren extrañados de encontrarlo ahí, donde nunca lo esperaban. Así unos minutos, calibrando mi coraje, para acabar resignando tomo mi ser y cerrando por dentro los ojos sin párpados, las piernas relajadas ya y extendido yo entero boca arriba en el suelo con la cabeza apoyada en el escalón, sabiéndome cobarde, sin ser capaz de introducirme la mano para sacar lo que demonios sea que esté ahí abajo comprimiendo y tirando de todo como de una sabana para guardarla luego en el cajón. Lacio, sin resistencia, el brazo ha ido recuperando su postura natural y la mano desprendiéndose del túnel para depositar en el suelo su dorso, al que el polvo se ha ido adheriendo ayudado por la humedad que hace un momento se llevó pegada del cielo blando y oscuro de la boca. La mano parecía ya de estatua gris y agrietada, y entonces los ojos han girado de nuevo para volver a su sitio y donde había hueco rojo y líquido se han asomado dos brillantes canicas blancas, de cuyos bordes brotan ahora decenas de tubitos finísimos que coletean en rítmicos espasmos, con menor violencia cada vez hasta quedar tendidos en infinidad de rizos secos y morados. La pirueta fisonómica ha cortado la conexión de la vista con el cerebro, y aunque puedo seguir dintinguiendo el rostro del hombre rumano que ahora está tieso de pie y con su cabeza caída me mira como un condenado a muerte repasa el suelo, nada de esto quedará anotado porque ya nunca llegará a la memoria y a nadie podré contárselo.

La tarde se ha cerrado y me he encaminado sentencioso al sueño, vislumbrando a lo lejos, por encima de los tejados, algunos ventanucos de buhardilla por los que algún día podría precipitar mi estómago si tuviese el valor suficiente para arrancármelo y seguir como si nada. El barrendero, que desde hace rato desliza ausente ese cepillo que no es de nadie, ha barrido unos centímetros por debajo de mi costado, perfilando el contorno de carne que obstaculiza, con su torpe marginalidad, la ruta marcada alrededor de la circunferencia de la plaza y que esconde debajo el negativo en sucio de lo que será mañana temprano este suelo, y lo ha hecho con cierta furia, con conciencia de clase, pensando tal vez que no soy más que uno de esos jóvenes parados que vienen cada tarde a la plaza del 2 de mayo y se tiran a pasar las horas mirando a ninguna parte.

miércoles 30 de septiembre de 2009

No estaba muerto

Vuelvo. Así, como encabalgado, descabalgado, mediocaído del corcel y recogiendo florecitas a galope. Estoy volviendo. Devolviendo. Estoy pasando el eco sobre el eco, así, reseteando la hora del té, del techo de menos, del sin techo, del subsuelo, del te hamo, del perro poco ladrador y que ya tampoco muerde. Bien mirado, todo son ventanas. Por las que mirar, por las que asomarse y asolarse, y desolarse, si me apuras o depuras, a la sombra de los flashes, a la luz de la lejía, a la puerta de la clase. Estoy sonando de nuevo. No me pican las narices. Lo juro. No me azotan los vapores, ni siquiera. No me mima mi mamá, y tal vez por eso. Y por lo pronto, ya voy tarde, como a mí me gusta. Me regusta, que diría. Hoy es hace dos años. Una puta menos en Canarias, una excusa menos en las palmas. El insomnio va sobre el pienso chiflando como un cabrero. Y cada vez quedan menos cabras para tanto perro, para tanto estiércol. Abierta la manada, paso como el vendedor de Espasa que se dejó el almuerzo en lo alto del peñón. Todo son parabienes de la máxima autoridad dibujados en el aire con el cayado. Con y sin participio. Con y sin discurso estéril, sin silencio, sin prudencia. Con y sin plaza, sin emplazamiento, sin sitio, sin trinchera. Con y sin cantos, sin sirenas, sin cantar de gesta. Como la real cañada del concejo de la mesta, del reguero de la mesa, del pan, de la duquesa. Estoy enfilando con el filo puntiagudo de mi polla calabresa la capital de las enciclopedias.

viernes 18 de septiembre de 2009

Di no

Siempre y ante la duda. Nunca y ante la purga.

De pequeño, mis mayores me tildaban de negativo. "No", les respondí una y otra vez, sin que ello menoscabara en modo alguno sus prejuicios hacia el no. "No, no soy negativo, no, no tenéis razón, no, no sabéis de lo que habláis." Ha pasado el tiempo y tal vez me pesen un poco más las pelotas, tal vez, digo. Por lo demás, sigo en mis trece. Algo sucedió cuando me instalé en el cabalístico tridécimo. Ya no volví a mirar el mundo de otro modo. Por eso, y dadas las circunstancias, opté por nacer un día trece, o, incluso, elegí no nacer antes que hacer cualquier otra cosa. Eso cuando aún elegía elegir: eso fue antes de nacer, ya ha llovido. Por eso, cuando echo la primitiva, siempre marco el trece y nada más. Quizá, en alguna ocasión, tache el treinta y uno; o el uno y el doce; o el dos y el once; o el tres y el diez; o el cuatro y el nueve, o el cinco y el ocho; o el seis y el siete; o el siete y el seis; o el ocho y el cinco; o el nueve y el cuatro; o el diez y el tres; o el once y el dos; o el doce y el uno; y cosas así. Mis compañeros de clase de aquel año, en plena época de fastos comulgantes y de convites con señoras gordas y de fotos sobre la chimenea de infantes e infantas con vello en los bigotes, me preguntaron aterrados el origen de este afecto mío. Y yo cogí una pelota de tenis que se encontraba en el suelo y me la metí en la boca. Y así hasta hoy.

De pequeño, sólo compré plastilina negra, ante el estupor de compañeros, familiares, y hasta del tendero. "Llévate la roja, o la azul, o la verde, pero la negra no, la negra no es para venderse." Y yo dije que no, que me dé la negra, la negra, ¿Me entiende? La negra. Un buen día, mis nazarenos de plastilina negra se derritieron sobre el armario de los exámenes y adoptaron unas posturas goyescas que no he podido olvidar jamás, ahí sentado, con la barbilla apoyada en los puños y los ojos bien abiertos. Nadie parecía darse cuenta, los y las niñas o también llamado el alumnado o el colectivo y la colectiva de alumnos y alumnos y alumnas y alumnos confeccionaban un mural en el suelo sobre algo relacionado con la pascua. Los muñecos negros de plastilina arqueaban los brazos como cogidos por la yunta de unos bueyes. Parecieran también escrupulosos arroceros tratando de llevarse limpios los sacos del arroz, uno en cada mano. En la pizarra, dos grupúsculos humanos en chándal pugnaban encendidos: se trataba de dilucidar si la joven Sharon Stone tenía tablas suficientes como para derrocar a Kim Basinger en el altar de las mujeres deseadas. Borrador y tiza en mano, el líder de cada facción borraba y escribía por turnos, jaleado por su gris cohorte. Y los muñecos seguían ahí, y yo no podía sacarme de la cabeza a Michel Pfeiffer bajando en el ascensor en el precio del poder. Y al volver a mirar encima del armario sólo pude apreciar una mancha negra y un intenso olor a aceite que me dejó imbécil. Y así hasta hoy.

viernes 11 de septiembre de 2009

Tienes (1) mensaje

Me pregunto qué pasará con las cuentas de correo de la gente que se mata. Tal vez se queden ahí para siempre, y el moho se posará por igual en los mensajes definitivos que escribimos para vaciarnos un día y en los consejos anónimos para aumentar penes y diluir penas; también quedarán obsoletos los tequiero y los dramas, los que una vez nos encogieron el pecho y nos pusieron al filo del andén, se irán amarilleando hasta adoptar matices de caricatura, de chiste, de historieta de yonki en parada de autobús, de vieja solitaria en la cola del súper.
Esa gente, que ya no es gente sino conglomerado atómico listo para su descomposición, fue un día como tú. Como tú, ellos también glosaron los misterios de la existencia e hicieron partícipes de ello a muchos otros que, a su vez, contestaron. Como tú, un día abrieron el correo y proclamaron que la vida es corta, larga, horrible, maravillosa, única, insignificante, preciosa, repugnante, y todas esas revelaciones que soltamos, cursis y sentenciosos, frívolos y grandilocuentes, según hayamos follado o no, según tengamos el estómago vacío o lleno. Ahora lo tienen lleno de gusanos, pero están llenos, al fin y al cabo, como siempre quisieron. Como siempre quisiste.

La historia trágica de un stripper que se encontró a su mujer en la cama con un funcionario. La operación de senos de la prima de una peluquera que se muere de envidia y de cáncer y no tiene dónde ponerse las mechas fucsia. El inexcusable fracaso escolar del hijo mediano financiado por la muerte en la mediana de su marido cinco años antes. La intoxicación de huevos duros aquel verano en que dejaron de abrazarse en la cama y esa fobia compartida a los huevos que ya es lo único que comparten. El viaje a Puntacana, el desplante de la suegra, el despido improcedente, el sexo regurgitante cuando el nuevo entra en la oficina, el gol ilegal, la última novela, el hambre de los negritos. Carne de cañón, plomo puro.
Me pregunto quién cerrará sus cuentas, a quién le será otorgado el privilegio o la condena; quién leerá esas cartas con un bocadillo de chorizo en la mano, quién se rascará el culo mientras escudriña, morboso, la base de datos en busca de cada parasiempre, de cada telojuro, de cada pienso-de-que, de cada buenasuerte, que ahora suenan a puñetazo en la arena, a vuelo de mosquito, a musiquilla casio. Quién se descojonará hasta desgarrarse la garganta cuando constate, una vez más, que hemos venido al mundo a hacer el imbécil y a dejar la huella escrita y flagrante de ello.

martes 2 de junio de 2009

Carmen y Rodrigo

Son el mito moderno de Orfeo y Eurídice. Rodrigo ama la literatura. La escribe así: li-te-ra-tu-ra. Se da una vuelta en bicicleta. Se pede. Se ride. Se jacta y escribe otra vez: li-te-ra-tu-ra. Rodrigo cree en la amistad, pero no en la que arruga las solapas, y así se va tejiendo una mullida tela de araña para cuando se precipita, que suele ser a menudo. Porque Rodrigo no tiene nada a lo que asirse, salvo la palabra asirse, aunque casi nadie lo sabe. Le gusta comer marisco, y con el tacón de sus zapatos marrones hace crujir el plástico que envuelve a las gambas. Y entonces pontifica: "Las gambas, seres kafkianos en forma y fondo, deudores de sí mismos, and cétera and holelá." Pero, por encima de todo, Rodrigo adora olisquear sus calcetines antes de meterlos en la lavadora, le petit plaisir, que lo llama. "Esto también es literatura, li-te-rra-tu-rra incluso" -se anuncia; y un afilado gritito mozartiano amenaza con quebrar las vírgenes de escayola en el salón, y siete mil infantas se yerguen y aplauden en espasmo coral con las pestañas a la virulé. Lo siguiente será comprar un billete para viajar a alguna parte. "Esto debe ser publicado" -se apunta. "Mímesis. Recuerdo esas escapadas... el concejal me observa, desabrido, yo lo escruto a él, descerrajado, y el olear de las olas, chapeau, la mirada del que mira, la que se curte y se tornasola, retorno de carro, titotí, titotá". Y Rodrigo se sienta de nuevo en el sofá, sin perder detalle de su reflejo en la tele apagada, preguntándose por qué el alma le huele a coliflor mustia.

Carmen, por su parte, se está descojonando viva.

viernes 29 de mayo de 2009

Ribera


Sé que estáis ahí. A medida que rondáis mi ventana aprieto con más fuerza el mango del cuchillo jamonero y me encomiendo a algo que aún no he decidido. Las tripas se me ponen del revés. Me duele, en el fondo, tener que atravesaros con la hoja de acero, pero esto es lo que hay. Me importan cada vez menos vuestras motivaciones, vuestros asuntos, los motivos por los que chilláis como maricas en una cazuela, como vedettes cornudas de la literatura digital, como putas calvas que encontraron un espejo demasiado pronto y se quedaron sin ideas. Sé que os acabaréis asomando, uno a uno, y aquí os espero, con la vena hinchada. Estoy desnudo y parezco un Ribera, pero no del Duero, y me siento tan absolutamente bello que quisiera poder follarme en esta penumbra amarillenta. Me deleito. Imagino vuestra sangre casi negra y espesa descendiendo desde el cuello a los tobillos, y empiezo a reencontrarme conmigo mismo. Podría tumbarme ahí, en el charco aún templado, y retozar como un recién nacido abrigado por la certeza de lo prorrogable y por la mano de mamá. Podría, por qué no, olvidarme de que mañana siempre amanece, de que los rostros adornados de sangre reseca bajo la luz blanca pierden todo el misticismo, ignorar que al fin y al cabo soy un hombre y nada más. Os culpo por ser tan asquerosamente feos. Os desprecio por vuestra ridícula manera de patalear para no ahogaros y ponerlo todo perdido de maquillaje barato. Algún día, algún día.

miércoles 1 de abril de 2009

Desintentar

Dicen los empiristas que hay que pensar y vivir acorde a la experiencia. Y una mierda. Encuentren el gozo en hacer algo contra toda lógica, y fracasen en el intento, una y otra vez, hasta pulir su técnica y equipararla a la pericia de un chimpancé pelando un cacahuete en el estrado del Congreso de los Diputados. Y no acierten al tratar de metérselo en la boca. Y descojónense, que es gratis, oigan; háganlo en la penumbra, mientras ahí afuera el bombardeo se agudiza y los rostros se van tensando, se estiran y se asimilan a caretas de tragicomedia. Polarícense, pero con estilo, pues sepan ustedes que la suciedad, tan sensible a lo gravitacional, tiende a ocupar los espacios cóncavos del medio, apilándose. Tiren las caretas de cartón a la basura, y fabríquense un par con algún material precioso que deje traspasar la luz a ciertas horas del día y según la incidencia del sol. Una para antes de hacer el amor, otra para después. Háganlo en casa. Truquen su caleidoscopio, utilícenlo del revés. Vean lo blanco negro, lo negro blanco. Una vez, mi psicoanalista me advirtió de que era el momento idóneo para empezar a intentar cosas. "Y una mierda" -le dije sin decírselo. "Es el momento para empezar a desintentarlo todo." 

Desintenten. Prueben a mear hacia arriba. Resulta realmente reconfortante reparar en las rendijas del rellano rellenas de residuos. Y no acudan al trabajo, por dios. En su lugar, compren lotería caducada y siéntense en la acera a observar los caminos invisibles que otros trazan. Traten de hacer tropezar con la mirada a aquellos que presenten un menor aplomo, y mimeticen el mecanismo de trastabillarse. Sosecorp sol natreivni, vacilen a la hora de subir al autobús, sientan verdadero pánico ante la posibilidad de olvidarse de cómo se traspasa una puerta. Desaprendan, vayan gateando a ver a la suegra y sean absolutamente incapaces de pronunciar una palabra, de comerse un yogur, de descifrar la hora en el reloj de la cocina de su amante. Desanden, o alguien les sugerirá que se dirijan hacia alguna parte que ustedes, probablemente, no han elegido. Hagan esto, o hagan lo contrario, pero háganlo antes de que les entren ganas reales de hacerlo y no tengan excusa para no llevarlo a cabo. Atenten, premeditadamente, contra sí mismos; cuéntense una y otra vez la verdad de las cosas y llórense los unos a los otros al descubrir que no hay nada más.
Y muéranse, esto sí, hagan el favor de intentarlo.

miércoles 18 de marzo de 2009

La vie en rose

Tenía la nariz inundada de ese sabor ácido a impacto y a sangre, el vino acabado, la ventana cerrada. Se me iban a quebrar los dientes de tanto apretarlos. Habría podido destrozar a puñetazos la habitación, arrancarme el pecho, arañarme los ojos. Pero abrí la ventana, y de nuevo esa canción acariciando los barrotes. Des nuits d'amour à plus finir, un grand bonheur qui prend sa place, les ennuis, les chagrins trépassent... Heureux, heureux à en mourir! Ya no quise volver a entrar de nuevo, salté como en aquel verano, pero no se rompieron los cristales esta vez. La luz de la farola parecía el sol recién nacido. Estaba llorando. Llorando de amor.

domingo 1 de marzo de 2009




martes 27 de enero de 2009

Meter la pata

Ya me parece haberte visto alejándote calle abajo, y te he maldecido. A estas alturas, te has ido ya mil veces, y creo que no puedo soportarlo. No te conozco, y aún así miras tan de perfil que te la vistes a ella por momentos, con una precisión tal que me haces dudar sobre quién llegó primero, sobre quién se fue después. Te adoro, porque la anhelo a ella, porque la quise tantas veces que ahora no tengo dónde colocar el eco de todo lo que le dije, quizá pensando en ti, que aún no habías llegado, quizá pensando en ella, la de antes de ella, la que también fue una vez el centro del cuadro y tuvo que aprender a reinventarse para no dejarlo vacío. Empiezan a cansarme las manías que volcarás en mí, pero lo compenso con los abrazos que ya me has dado, aunque no me hayas dado nada, ni siquiera un motivo para hacerlo. Quiero que sepas que eso que aún no te he dicho lo dije sin querer, porque ya sabes cómo son estas cosas. Quiero que tengas muy presente que jamás te perdonaré todo eso que aún no me has hecho, y por ello dejo constancia escrita. A pesar de todo, te mando un beso que probablemente no te llegue nunca porque lo hice antes de que llegaras. Te quería tanto que no puedo dejar de mirar los mensajes que aún no me has enviado, ahora que todavía no has pegado en la puerta y me has dejado tan solo, mirando mi propia sombra, la que mañana temprano proyectará el sol contra la acera que una vez tú y yo pisamos como si no existiera nada bajo nuestros pies. Te quiero, pero una vez más fuiste demasiado puntual, y en tu ausencia de retraso no he tenido tiempo para pensar en cómo explicarte que ya no puedo quererte porque es imposible, y con esta forma de anticiparme he vuelto a meter la pata que meteré dentro de algún tiempo.

sábado 24 de enero de 2009

Sugus de piña

Me vienes a joder los momentos que escojo para joderte yo a ti. Me siento y todo son sombras. Te vistes con las caras de otras y me bailas alrededor. Para qué, me pregunto, qué coño es lo que hago siempre mal. Deseo que te mueras, tú y tú, que voy a dar un salto que quedará registrado en el libro de los récords. El suelo está supurando ginebra, parece que se va a desangrar. Cada vez quedan menos cristales rotos en la ventana. 

Con las manos metidas en los bolsillos he empezado a pensar en ti, y los he llenado de agujeros.

miércoles 14 de enero de 2009

Champagne sobre la nieve

La verdad es que nunca he creído demasiado en lo que hago, en lo que soy. Me cuesta mirarme a mí mismo y no descojonarme vivo. Me pregunto a veces qué carajo es esa cosa naranja que lleva la fabada litoral. Ruge el microondas y todo me parece rotundamente vulgar, y a ratos me gusta, claro que me gusta. ¿Cómo inventar así grandes cosas? ¿Cómo eludir esta nadería? ¿Cómo creerse alguien en este vodevil, si cada mañana, ante el espejo, me dan ganas de partirme la cara? La literatura, la música y la pintura, otro tanto. Me aburren los juglares, también los eruditos de cartón, los panaderos que nunca han probado el pan que endosan a media ciudad y los que lo entregan mordisqueado. Lo mejor es salirse, me digo. Voy a escapar hacia dentro, con los pies en la mesa y mirando al techo. ¿Acaso hay algo más? No soy un ser humano, soy un playmobil. Tú también, aunque te resistas a soplar el castillito de naipes sobre el que te balanceas orgulloso y bobalicón cuando te abandona la lucidez. Lo único importante es la fricción genital, lo demás me huele a burdo procedimiento para la fricción genital. Mejor saltarse el protocolo. Quiero ser Ernesto de Janofa en domingo, retozar desnudo sobre la nieve y rociarme las pelotas con champagne. Saldré mañana a la calle con una sonrisa cómplice que cruzaré contigo que me lees y estás de acuerdo. Nos encontraremos en las esquinas, en los bares y comisarías, y todo estará ya dicho, y sonará esa musiquita graciosa que viene de algún rincón del universo y que suena a orgasmo y a sinergia. Nos saludaremos, comeremos juntos sin dejar de mirarnos, y apoyaremos sendas versiones ante la justicia, que nunca va a creernos. Después, seguiremos jugando un rato, hasta que nos cansemos de verdad, hasta que no podamos más, y saltaremos a la vía de la mano.

viernes 2 de enero de 2009

Feliz ano nuevo

Que sí. Que feliz dosmilnosecuantos, que el vivo a la uva y el muerto a la parra. Y venga a volar el confetti. Pero lo siento, no cuenten conmigo. Pensaba en esto la vieja noche cuando, yaciendo boca arriba sobre el suelo de mi habitación, decidió la azarosa providencia regarme el rostro con un poco de vino, así, como quien no quiere la cosa y sin embargo no hace nada por evitarla. Fue de una patada. La botella se precipitó desde el borde de la mesa, y empecé a comprender. Entendí lo que quisiste decirme aquella vez, también lo que yo te dije. Metí los morros sangrantes en el lavabo, todavía con el eco del pésame recorriéndome los lóbulos bulbogenitales, y durante unos minutos, que pudieron ser diez o pudieron ser cien, deseé que fueras tú quien estuviese bajo el agua fría. Una vez ignorada la masacre en mi cara, me puse el abrigo y salí a la calle a contar milongas impremeditadas a unas insulsas meretrices de ésas de calentarse la autoestima a tu costa y olé. Y qué más da, me dije, si mañana no recordaré nada, toda vez que el líquido rojo suele estar de tu parte en momentos de tensión autodiplomática. Pero fui víctima y culpable al tiempo de un imperdonable error de calculo; yo, tan versado en estas cuestiones. Lo reconozco. Creo que no bebí lo suficiente como para desearte un feliz año nuevo al amanecer, aunque me habría gustado poder gritártelo a la cara por última vez.

miércoles 24 de diciembre de 2008

Nostalgenital

Me desnudo.
Me despojo.
Me descargo.
Me desemboco.

A veces te recuerdo con la polla en la mano, y un iceberg afilado me separa la espalda en dos mitades precisas. Otras, simplemente, me siento huérfano y corro a buscarte golpeándome contra las paredes, alimentándome de esa adrenalina mohosa.

Me desgracio.
Me destrozo.
Me desvivo.
Me destodo.

viernes 19 de diciembre de 2008

Agoraferia

Por la Calle de los Reyes la gente huye de las bombas que caen, un rato sí y otro también, sobre sus sienes tostadas. Se alejan mordiendo el humo blanco a un palmo de sus caras de cristal, y los chinos, que siempre se apuntan a los bombardeos, corren a refugiarse tras los carteles de helados que ya nadie fabrica. Ella parece sonreír, pero es sólo la sombra en picado de otro que cae, proyectada bajo la nariz. Los chinos también se han confundido, y no tardan en rectificar los precios. Yo, en cambio, me resisto y vuelvo a resbalarme en esa acera brillante que siempre me impulsa hacia abajo. Los tengo dentro del estómago. A veces, uno se me asoma al pecho y vomita los aceros afilados de la aeronáutica inservible. Hay que ver cómo me río. Hay que ver cómo nos miran. Ellos también lo saben, pero susurran para otro lado, y ahora noto que tengo rotos los bolsillos y que me está entrando demasiado frío. He mirado la hora y siguen siendo las ocho en punto. Ya no huele a pan recién hecho, los coches destrozan el claxon y se me ha olvidado la letra de esa canción. Por un momento has pensado en subir la Gran Vía para desayunar algo, y la humedad de tu mano me ha dejado la mía para tirarla a la basura, tan temprano.

Al pisar la Plaza de España ya no estás.

martes 9 de diciembre de 2008

viernes 19 de septiembre de 2008

Tetas

Me mataste, pero qué tetas.
Tenías, y supongo, seguirás teniendo.
Bien puestas, en tu pecho, en mi cabeza.
Nunca dejaron de estar, de hecho.
Me jodiste, pero qué tetas.
Pusiste sobre la mesa, entiendo.
Que no era la única recompensa.
Pero el tiempo borra el resto.
Quedan tus tetas, hermosas,
ricas y excelsas, morenas,
traicioneras, deliciosas,
el vestido negro de seda,
qué cabrón, acariciándolas,
y el instante en esa cena,
en el que levantamos nuestras copas,
y al fondo, siempre, tus tetas.

sábado 13 de septiembre de 2008

Rabia

Llevo dentro la rabia.
Sácamela,
bésame los puños,
conviérteme en un ser humano.
A mí también me gusta pasear
y llorar en algunos cines.
Muérdeme el coraje,
y arráncamelo
con tu boca inmensa.
Y deja en su lugar
algo que tenga tu forma.
Para recordarte
cuando ya no vuelvas,
y seas tú el motivo
de la rabia.

jueves 11 de septiembre de 2008

Los amantes del Noviciado

Os escucho a través de la ventana del bajo donde habito, bajo. A oscuras. Que si esto, que si lo otro. Puta, puta, maricón, maricón. Un ratito callados. Y entonces me da por pensar en que quizá no seáis conscientes de que vuestra historia no se muere en un metro a la redonda, vosotros, que os creéis tan pequeños, o quizá, a ratos, tan grandes. Que a veces hay alguien que recoge y procesa los residuos de vuestra lucha. Me imagino a mí mismo en aquella desquiciada carrera por el centro de Barcelona, gritando su nombre, y ahora veo a una chica joven asomada en un balcón -nunca antes había estado ahí- codificando la información mal expresada, torpemente, por el alcohol, y sacando conclusiones, erróneas, que a su vez ha ido propagando con la creencia firme de que ésta era la verdad, tan gritada, como una sentencia, un vih vehiculado en la irrefutable realidad del instinto, del coito, de los besos que se dan por miedo, de las palabras aprendidas en otras dimensiones y que siempre acaban por salir, de las camas, al fin y al cabo, todas tan parecidas. "Te quiero, por dios, no te vayas, siempre se puede empezar de nuevo". Y era mentira.

Parece que os gusta. Sí, ya sé que el bajonazo tiene que ser como mil infiernos ardiendo dentro del estómago, pero luego os besáis las lágrimas, y os largáis con el pecho a punto de explotar, de pie y casi sin tocar la tierra, a otro rincón detrás de un coche en el que os volvéis a hacer el amor con las puntas afiladas y la certeza de que todo, incluso la plenitud, tiene fecha de caducidad. La vuestra es más inminente, pero estáis preparados. Y volvéis a ejecutar el ritual, tan entrenado, de llenaros el cuerpo de caricias y promesas, que se agotan, sí, pero quién puede decir que no, quién está a salvo, quién me puede prometer, ahora mismo, que no se sentó nunca en un escalón, al abrigo de las efímeras estupideces, y no cerró los ojos. Vosotros los lleváis siempre cerrados, y así os resulta más fácil, aunque habrá momentos, no lo dudo, en los que ese silencio os coma las entrañas. Pero son formas de hacer las cosas, y quién puede juzgar, quién puede decir que lo ha hecho mejor. Yo me miro a mí mismo, mientras os entiendo desde detrás de mi ventana, y me gustaría salir un rato a charlar con vosotros para contaros que, de un modo u otro, seguiré propagando vuestro virus aunque no lo quiera, porque ya lo llevo dentro y me ha empezado a consumir. Yonkies de Madrid. Siempre peleando por un pico, siempre peleando por un beso.

miércoles 3 de septiembre de 2008

Máquina de matar

Una máquina,
tengo que ser una máquina,
una máquina de matar,
de matar la tristeza.
De matar la tristeza.
O ella me mata a mí,
o la mato yo a ella.
Y yo soy una máquina,
una máquina de matar,
de matar la tristeza.
Hombre de vientre
y animal de cabeza.
Y revolucionario sin estrategia.
Y si hay que matar, se mata.
La tristeza que tengo, tristeza.

Pongamos por caso

Supongamos que nunca nos vimos,
que nunca dijimos,
que nunca vivimos.
Supongamos que nunca nacimos,
que nunca nos fuimos,
que nunca volvimos.
Supongamos que nunca existimos,
supongamos que nunca,
y pongamos por caso que te echo de menos.
Supongamos que nunca.

miércoles 27 de agosto de 2008

¿Quién pone los nombres a nuestras calles?

Que te diera el primer beso en la plaza de los Mártires no fue casualidad. No paraba de llover, y yo me quería morir como nunca. A partir de ahí, nos llovió en cada plaza, cada noche, tanto que me pareció que en esta historia no había más remedio que mojarse.
Hoy, seis años después, también llovía. Con esa frialdad tan tuya te has ido para siempre, y he pasado por la calle del Desengaño esquivando a las putas, que hoy han sido más tiernas que tú misma.


sábado 24 de mayo de 2008

Así en la muerte como en la vida

Muéstrame las páginas obtusas,
enséñame la destreza del estar,
como si nada fuera relevante,
así en la tierra como en el cielo.
Guardo un par de excusas
orientadas a extirparme;
es el momento de prender
nuevos fuegos en la luna.
Mírame, acaso yo no puedo
inventarme nuestra muerte
parda en la negrura.
Unidos por el pecho
tantas veces denostado,
ahora empuñamos la mirada
vacía y virulenta,
imantada en el ocaso
de la fuerza vespertina,
así en la muerte como en la vida.

lunes 19 de mayo de 2008

Me dejo de rodeos

Me dejo las palabras
en los cantos de las hojas
que arranco en cada plaza
una vez por cada hora.
Inundo los portales
en la luz de la zozobra, 
regando los umbrales
oxidados de tu alcoba.
Me dejo los zapatos
olvidados en tu alma;
rara vez los he soltado
ignorando la nostalgia
reincidente del cansado.

domingo 18 de mayo de 2008

Advocación terrena

Para romperte los esquemas,
incido en lo de siempre,
tratados de impaciencia,
indicios que se tuercen.
Tengo una tendencia
a desechar la suerte.

Ridículo es el paso,
incluso irreverente,
de la angustia masticada,
revelada en dos vertientes.
Una, que despierta,
enmarcada entre tus dientes,
jóvenes, pero helados.
Otra, impertinente.

Entiendo tu postura,
sirva este despiece.

Para romperme los esquemas,
uso tres palabras,
tinta, sexo, espera,
a tu boca hipotecadas.

sábado 17 de mayo de 2008

A 59 segundos del final

Quiero y no puedo, mas
una vez pude odiarte,
ingenuo, nadie,
en el momento de decir que
rara vez conocí
otra como tú.

Fríamente lo espero,
oradando la pared,
las palabras muertas,
los enigmas, los silencios
asumidos sin modestia,
recogiendo en una muestra
mis mentiras bien contadas,
escondidas como restos.

Alguna vez te sentí.

Mi angustia me recuerda,
al vuelo de un insecto,
mareando un suicidio
en el cristal imposible;
nunca es imposible.

Mirándote la boca,
el sexo dibujado en
nupcias estrenadas,
días entregados a lo
irrelevante,
zarpando a otro abismo
a bordo de un papel vacío,
buscando en el cielo
abierto y cerrado, de tus
labios.

sábado 10 de mayo de 2008

El esquiador dadaísta 1:10

Para ser dadaísta, un esquiador ha de ignorar por completo que lo es, y no debe, ni tan siquiera, intuirlo. El esquiador asumirá que la autoconsciencia del ser constituye el primer paso para dejar de ser, y por ello vivirá ajeno a su calidad, a pesar de la evidencia y del punto de vista de octavas personas, respondiendo con cinismo a los requerimientos de todos aquellos que pudieren necesitar su talento vanguardista para solucionar incidencias de carácter doméstico. Un esquiador de educación dadaísta nunca hará uso de su propia identidad en tertulias de ascensor y parquímetro, y en modo alguno podrán establecerse vulgares conversaciones en torno a su hipotético estatus de esquiador. En el caso de ser descubierto, y si el contexto no facilita otra salida, el esquiador estará obligado a guardar silencio y mantener la mayoría de los dedos dentro de los bolsillos, palpando algún objeto de textura aterciopelada que favorezca la laxitud momentánea del rictus. Con la intención de diluir la curiosidad de eventuales advenedizos, el esquiador optará por rememorar con insistencia las hazañas de atletas soviéticos previas a la caída del muro de Berlín, y no acabará hasta que al menos uno de sus interlocutores se haya taladrado los oídos con un destornillador americano. El esquiador, dada su condición, ísta su timidez, escogerá precipitarse a un abismo cuatricromático con la lengua envuelta en papel pinocho antes que desnudar su anodino currículum en programas de divulgación gástrica.

sábado 3 de mayo de 2008

el esquiador dadaísta 1:9

El esquiador dadaísta se muestra incapaz de atravesar una galería de arte sin sentirse parte de una dinámica perversa. Aferrado a sus propios riñones, lanzará furtivas miradas a los que miran a gente que mira a gente que mira una pintura que es observada desde el interior de un bolso de mano por un animal indescriptible que huele a fresa. El esquiador trazará dibujos en el aire con una pluma serigrafiada, la cual agitará compulsivamente, y llegará a la conclusión de que toda la escena residía ya en su hipotálamo, y maldecirá su exiguo don de la oportunidad arrastrando las suelas de los zapatos, sobre las que imprimirá una fuerza directamente proporcional a la presión que soporta su alfombrilla cada vez que un operario de telecomunicaciones aparece muerto junto al rellano. Para evitar un colapso anacrónico de fatales consecuencias, el esquiador fingirá sentirse urgido y embocará el pasillo más cercano que conduzca a los servicios públicos, y a una distancia de no menos de medio metro del umbral de los retretes cambiará súbitamente de dirección y no volverá a abrir los ojos hasta que haya tomado la calle con la cremallera del pantalón empapada en la sangre de sus propios dedos y un escalofrío calzándole las vértebras.
El esquiador, por ser dadaísta, repudia cualquier clase de pragmatismo en sus maniobras de evasión.

sábado 26 de abril de 2008

el esquiador dadaísta 1:8

Un esquiador, para ser dadaísta, debe haber padecido, como mínimo, una muerte en accidente o dos por indigestión. Tal acontecimiento será el salvoconducto de un esquiador cualquiera en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera para adquirir la categoría pretendida, pero deberá ser silenciado durante un periodo que puede oscilar entre un día y una vida entera, dependiendo del sujeto. En cada caso, las autoridades llevarán a cabo las pertinentes advertencias y/o amenazas, y convocarán al esquiador para que comparezca ante un tribunal constituido por dos tercios de esquiadores rasos y un tercio menos la quinta parte de este último compuesto por imbéciles de color dorado y portadores de ilusión con flema. La quinta parte deberá ser completada mediante sorteo entre el censo de un barrio marginal donde la mitad más uno de los varones sean versados en ultraísmo de interior o hayan cocinado cordero con serrín el viernes de cuaresma de 1980. El esquiador encajará la sentencia de la peor manera posible y dedicará el resto de su vida a relatar las molestias que le ocasionare tal proceso, tanto si el mismo se saldara con la homologación para el dadaísmo de alta montaña, como si el mismo se saldase con la expulsión inmediata del aspirante y sin posibilidad de apelación.
Un esquiador, al ser dadaísta, concibe la muerte como un proceso aséptico de búsqueda de sí mismo.

sábado 19 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:7

El esquiador, dadaísta de vocación, pondrá especial esmero en la ordenación alfabética de los anuncios por palabras en periódicos de tirada vecinal. Se hará cargo de las circunstancias y entenderá las urgencias del redactor que bebe un café cargado mientras su compañero yace muerto con un bolígrafo apuntillándole las entrañas, pero ello no será óbice para que tome la hoja y la devuelva corregida a los seis días de su publicación, dulcemente acomodada entre los pliegues interiores de una caja de bombones caducados. El esquiador, sensible hacia las cuestiones editoriales, abordará sin reparo la maniobra de intrusismo matinal con un paraguas enganchado en el cuello, y vomitará el zumo de naranja sobre la mesa al percatarse de que se ha tragado una cáscara de nuez.
El esquiador, como buen dadaísta, a veces flirtea con la mentira de sentirse periodista.

sábado 12 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:6

El esquiador, si es dadaísta, abrazará con vehemencia un patrón de conducta basado en la negación. El esquiador, por ser dadaísta, asumirá de forma inequívoca todo aquéllo que no es y que no será, y todo aquéllo que no ha dicho y nunca dirá. El esquiador vivirá un negativo de su propia vida y sentirá stress cuando, de vuelta del crucero que nunca tomaría, encendiendo un puro a pesar de no haber fumado jamás, cae en la cuenta de que no ha puesto alpiste en la jaula del canario que nunca tuvo. Para un esquiador de confesión dadaísta, afirmar es claudicar, y pondrá todos los medios a su alcance para encauzar el orden natural del universo hacia el no, a pesar de lo que la razón sugiera o los indicios apunten.

Dialectõrum verbi gratia:

- ¿Desea usted una subida de sueldo?
- No, gracias.
- Quiere ser beneficiario de una felación gratuita no vinculante?
- Se lo agradezco, pero no.
- ¿Le retiro los utensilios de tortura para que pueda usted holgarse un tanto mientras procedemos a su ejecución?
- Más bien, no.
- ¿Asistió su persona a congresos de índole dadaísta en la década de los años treinta?
- Nonuncajamás.

sábado 5 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:5

Un esquiador de firmes convicciones dadaístas nunca caerá en el recurso de la enumeración de conceptos concatenados clausurada con un redundante etcétera, etcétera, por considerarlo de mal gusto. Nada de: hoy he saltado un cadáver, he iniciado una disputa vecinal con yogures de macedonia, he contraído una hepatitis, he contado el número de violetas de la avenida, etcétera, etcétera, he perdido un mechero en el Madison Square Garden, he sacado brillo al vaso de coñac, he impregnado de ironía un anuncio de pan de molde, etcétera, etcétera, he elaborado categorías humanas con criterios dispares, he bendecido una sopa de cebolla, he escupido hacia arriba y he saltado un segundo antes de empaparme de nostalgia, etcétera, etcétera.
El esquiador, por ser dadaísta, rara vez aprobará tales conductas lingüísticas, salvo en individuos hemipléjicos o bajo amenaza nuclear.

sábado 29 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:4

El esquiador, como buen dadaísta, y ante posteriores purgas ideológicas, no reconocerá nunca estar plenamente de acuerdo o en desacuerdo con doctrina alguna, y defenderá su postura esgrimiendo como argumento esencial el caldo de morcilla.

Dialectõrum verbi gratia:

- ¿Beatles o Rolling Stones?
- Caldo de morcilla, gracias.
- ¿Postfranquismo o socialsocialismo?
- Un manjar exquisito.
- ¿Florinda Chico o Brigitte Bardot?
- Excelente caldo, insisto.
- ¿Menotti o Bilardo?
- Una morcilla realmente superior, bocado de cardenal, excelsa y suprema metaforización de dios. (sic)

sábado 22 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:3

Un esquiador de credo dadaísta nunca respetará postulados ajenos. Actuará, no obstante, con cierta ambigüedad a la hora de debatirlos, si es que no hay más remedio y teniendo en consideración matices diversos:

- Evitará la confrontación directa en asientos paralelos de autobús o ante individuos que portan utensilios de pesca.
- Buscará el modo de entrar a un locutorio y solicitará el uso del retrete. Una vez allí, la metodología se torna dispar y confusa, quedando el desenlace a merced del esquiador.
- Acompañará cada aseveración con un leve gesto de complicidad fingida, aderezado con un fuerte pisotón y media vuelta antes de proceder a abordar una nueva cuestión.
- Propiciará la muerte instantánea del subconsciente, para evitar lastres irreversibles de inesperadas consecuencias en la psique.

sábado 15 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:2

Un esquiador, al ser dadaísta, intentará recordar de forma minuciosa los nombres de todos los sujetos conocidos en cualquier circunstancia, y a tal empeño dedicará una hora diaria, que puede ser combinada armoniosamente con cualquier otra actividad doméstica. Un cepillado de dientes puede ir acompañado de la remembranza casual de todo el staff de su primer empleo: Liborio el reponedor, uno sesenta, complexión robusta y mirada turbia, fricción molar, casado con Federica, de vocación joyera pero ocupada en la gerencia de un puesto individual de buñuelos a las afueras de una localidad destinada a maniobras militares, enjuague bucal. El esquiador, de natural dadaísta, se esmerará en disimular el desempeño de esta tarea ante sus allegados, esquidores o no, y fingirá espontáneos e histriónicos ataques de tos compulsiva a cada evocación descuidada en voz alta de la lista de los integrantes de la banda municipal de música. El esquiador pondrá especial atención en desechar toda información irrelevante que pudiere distraer sus facultades cognoscitivas. El esquiador, por ser dadaísta, desconoce su grupo sanguíneo.

jueves 13 de marzo de 2008

Compendio sobre cómo meterse en un cubo de basura (reedición)

Existen diversas maneras mediante las cuales un hombre puede meterse en un cubo de basura. Los puristas abogan por el procedimiento clásico. Introducir la cabeza en primer lugar y tantear el fondo con las palmas de las manos y los pies colgando hacia afuera, para ir enderezando la postura a medida que las húmedas paredes interiores del habitáculo permitan ejecutar la reptílea maniobra. Los zapatos, brillantes, serán el extremo visible de la parte de cuerpo que aún no ha sido engullida. A continuación, éstos dejarán de trazar tijeras en el aire y descenderán poco a poco plegándose como la marioneta en lo oscuro del cajón. Una vez que se ha pisado la cáscara de medio kilo de aguacates, afirmando las puntas de los pies en las esquinas enfrentadas, se está preparado para ir sacando poco a poco la cabeza mediante medidos amagos de reminiscencias fetales, prestando especial cuidado en sortear un hipotético y desagradable impacto contra la tapa, que podría haberse cerrado al no encontrar resistencia. La singularidad de este método exige que el cabello sea sacudido con una mano y repasado posteriormente con un peine de bolsillo.

Otros optan por vencer el cubo y colocar su abertura a ras de suelo. En postura horizontal, de invalidez postbélica, se imprimirá sobre las manos toda la fuerza que sea posible para arrastrar el cuerpo hacia el interior, tratando de no derramar el contenido sobre la acera inclinada. No obstante, la posible fuga de fluidos viscosos podría dificultar la operación, para lo cual se aconseja la utilización de guantes de esparto, o un palo de madera firme y curtida que ejerza de palanca. Cuando al menos dos terceras partes del cuerpo se encuentren depositadas en el recipiente, se buscará una superficie estable -puede valer una pared o el capó de un coche mal aparcado-, que servirá para poner en pie el cajón a medida que se va escalando con la ayuda de las manos y los codos, tratando de no resbalar o precipitarse hacia el suelo súbitamente si las ruedas del contenedor así lo propiciasen. La particularidad de esta opción requiere fuerza física y escaso sentido del ridículo, así como una innegable dosis de fe en las posibilidades del ser humano.

Existen otras metodologías de carácter peregrino, las cuales inducen al sujeto a precipitarse con los ojos cerrados desde lo alto del techo de un automóvil impregnado de escarcha. El salto ha de ser limpio y medido, con la finalidad de enfundarse el contenedor sin consecuencias que posteriormente hayan de lamentarse a la luz artificial de una consulta médica. Una vez dentro, y partiendo del supuesto de que el protagonista ha ejercido su derecho a la verticalidad, sobreviene un estado de reflexión diogénica. Pensar en todo lo que se ama, en la familia, el trabajo, la pareja, el club de pádel, el párrafo de una novela paradigmática, el recuerdo del primer encuentro, y decidir sublimarse como ser humano imperfecto para alcanzar cotas infinitas de excelencia, al tiempo que se repasan los bordes del plástico recipiente con la lengua acartonada por las conversaciones superfluas que no alimentaron el espíritu. Permanecer un cuarto de hora al abrigo de la indiferencia más absoluta, y posteriormente introducirse con escasa ambición en las abismales simas pobladas de desechos donde nadie jamás buscaría nada importante.

La última de las opciones queda reservada para los que conciben el escrúpulo tan sólo como una esdrújula irrelevante. Consiste en tumbarse en el frío suelo boca arriba y suspender el cubo, en vilo y justo encima de la propia cabeza, y dejar que el contenido vaya mojando las sienes hasta que éstas luzcan brillantes a la luz de una farola. A continuación, y reconociendo que en este truco no existe la mano de ningún mago, se invertirá el proceso del conejo y la chistera, y se dejará caer el abismo con sutil elegancia, de modo que no resulte en un paradigma de gastado kamikaze, previsible y chabacano. Llegado a este punto, será la propia inercia la que irá absorbiendo o abduciendo al sujeto hacia arriba, como un ratón engullido por la serpiente, y se agitarán las extremidades, en un guiño de fatalidad fingida, para que nadie pueda jamás intuir la aquiescencia del individuo, evitándose de este modo los siempre incómodos juicios postmortem y la sentencia de la Historia.

[...]

sábado 8 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:1

Un esquiador, si es dadaísta, nunca preguntará la hora. Se dejará llevar, a lo sumo, por su intuición temporal-cognoscitiva para ir ubicando los sucesos de una jornada en su correspondiente franja horaria.

Verbi gratia:

- A eso de las 12 am he hecho un recuento de todo lo que me hace peor persona y le he puesto demasiado azúcar.
- Sobre las 3 pm he dado una vuelta por el cementerio con mi traje nuevo de esquiador, y los transeúntes se han quedado paralizados de la enbidia. (sic)
- Aproximadamente sobre las 6 pm he vomitado confetti.
- A las 10 pm, minuto arriba, minuto abajo, he hecho acopio doméstico de hormigas muertas y las he dispuesto en fila india desde el salón hasta la panadería.
- Hace escasos minutos, he comenzado a sentir miedo de la primavera.

jueves 6 de marzo de 2008

..

Llevo tanto tiempo sin escribir que me resultaría imposible, palpando y sin mirar, dar con la combinación de teclas necesaria para plasmar una diéresis. Me he hecho mayor, he olvidado a Lázaro de Tormes y he aprendido a poner una lavadora, a metaforizar centrifugados mediante letras. Letras. Ya no creo en ellas. Al menos, no como antes. Aprecio con deleite el buen talle de una helvética maciza, vive Dios, pero ya no me interesa saber qué hace cuando sale por la puerta de mi casa. Me fijo en lo más inmediato. Que si tiene un buen lomo, el pie fino y alargado, o el cuello de un cisne. Pero se acabaron las adolescentes jornadas y las genialidades de diván, los helados compartidos, el bote de colonia vertido sobre su bufanda, la disputa entrañable. "Una h muy compensada, sin duda, mas desconozco cuándo y por qué adquirió el mutismo que la estigmatiza, o si le duele, o si le azora. Como comprenderá, son éstas cuestiones que me inducen a una radical indiferencia. Si pregunta por mí, dígale que me he muerto al tratar de coger el metro desde el andén contrario".

Ahora, me interesa todo aquéllo que no puede ser pronunciado. No quiero saber su nombre, conocer su calle, ni su cantautor favorito. Prefiero pregnar su cara morena, o su busto recortando el fondo blanco de una hoja. Porque sé que así sera más fácil acordarme de ella, y también olvidarme. Me ensortijo entre sus brazos, mientras aprecio con descaro los andares de una otra cualquiera que me embarga momentáneamente con meros afeites de buscona malasañera ni demasiado joven para reír ni demasiado madura para llorar. Y así, las observo detenidamente, y juego a imaginar que se encuentran un buen día, en el epílogo nunca antes hojeado, y se preguntan por mí, mutuamente y casi al unísono. "¿Qué fue de...?" Entonces yo las pienso como un todo, y aunque un día ambas ostentaron mi alcoba y se supieron antagónicas, ahora soy yo lo que las une, aunque me rehúyan. Precisamente por eso.

Cuando echo la vista atrás y trato de repasar las decisiones más cruciales de mi vida, no puedo sino acordarme de una tarde de junio de 1986 en la que yo opté por comerme un diario, página por página, dejando para el postre la portada, por aquel entonces, pintada en salados tonos negruzcos y de torpe ejecución. La culpa fue de un tal Christopher Bambridge, oceánico taimado y aguafiestas, quien me demostró, ahora lo sé, cómo hay veces en que la historia se escribe y perpetúa a raíz de fugaces e imperfectos destellos retinianos de alguien que estaba allí de paso y que, para colmo, suele ser el más equivocado de todos. Aquel día quise ser plumilla, para redactar una y otra vez el acta del internacional desafuero. Pero ahora, pasado el tiempo, caigo en la cuenta de que no recuerdo ni una sóla palabra de la crónica que mojé de redondas y amplias lágrimas, grisáceas y corrosivas, y que, en cambio, no puedo apartar de mi memoria el magnífico logo de un yoplait de macedonia que dejé caer sobre la alfombra, consternado.

Esta es la historia de cómo me convertí en iconizador, y de por qué no he vuelto a probar el yogur de macedonia ni a confiar en los sms que conjugan un "te quiero". Y, qué cojones, no he necesitado teclear ni una sóla diéresis.

lunes 2 de julio de 2007

Yo no sé hacer blogs

Parece ser que no. Me cuesta un cojón hilvanar historias sobre lo cotidiano, cuando me he pasado toda la puta adolescencia leyendo a Nietzche y sumido en un apocalipsis a media digestión. Como un adicto a la pimozida, edito, reedito, borro, recupero, edito y vuelvo a borrar definitivamente mis entradas según la altura del sol, y nunca, jamás, me siento plenamente satisfecho del resultado. Quizá porque carezco de esa gracia innata que tienen algunos para rescatar lo esencial y lo hermoso de un chicle aplastado o una cucaracha medio viva o medio muerta, qué más da, lo esencial y desagradable lo extraigo como la piel de una fruta madura. La cuestión es que regento una cantidad ingente de artefactos de impacto cibermediático y, en cambio, presento una capacidad nula para dotar de coherencia narrativa al personaje que ha de enganchar a los lectores al relato continuo y regular de sus avatares en el supermercado de la esquina, y me voy diluyendo entre esquiadores y reconquistadores de alma triste, periodistas desubicados o aspirantes a algo que aún está por decidir, y al final no digo nada. Yo quiero escribir sobre mi muerte, a toro pasado, así, como visceral que viene de víscera, y debatir sobre ello conmigo mismo o con alguien que esté dispuesto a leerme y opine exactamente lo que yo, y me importa una retruécana hez lo que me pase en el día a día, porque la vida, ardua tarea de engaño repetitivo y consciente, se nos queda corta, empobrecida, y hacer sonar el organillo en medio del velatorio se me antoja un acto de frivolidad nauseabunda, y me voy quedando callado, y la raya en el agua es menos raya y es más agua. En cambio, admiro a esos agraciados que han encontrado su target blogueril y lo cuidan con esmero, y ofrecen guiños literarios a la medida de las expectativas del tercer anfiteatro, y son capaces de hacer saltar una lágrima a los mimos, o emerger las sonrisas en los niños que sujetan globos convertidos en señores que rozan la cuarentena, y al cabo se van a dormir, pata suelta, pluma enfundada. Vaciados.

Me confieso incapaz de controlar de forma mesurada y consensuada los productos culturales que pudiere generar mi azotea en virtud de su caprichosa voluntad química, y me arrastro como un dircom en tiempos de crisis sin plan a la vista, con la línea editorial zigzagueante y a ratos degradada de un diario local de poco lustre, devaluando el producto, desencadenando la debacle silenciosa. Y aún así, hay quien me lee y escribe, aunque yo elimine comentarios convertido en censor compulsivo cada vez que me da por reempezar el blog y redefinir las adhesiones a mi causa, y me da por sentarme a organizar mi extinción sin sobresalto alguno, con el único objetivo de no malgastar las palabras, porque no son infinitas, me digo, y el día que se me acaben, voy a optar por ingresar en prisión como medida preventiva. Me gustaría reconocerme en tí, en tí, en tí y en tí, y devolverme mejorado, o empeorado, pero con el regusto en el paladar de haber aprendido algo por el camino, al más puro estilo barojiano en su imperfeccionista deriva hacia ninguna parte. Quizá sea ésta mi función en este vodevil barato lleno de asientos caros y vacíos. Empeorar a la humanidad con mi escaso sentido de la responsabilidad y del decoro y, como un sembrador inconsciente, ir recogiendo tempestades para volver a reeditarlas mejoradas en su mezquindad, pulidas, hasta llegar a rozar la miserable perfección en el eco vacío que se repite de forma indefinida. El espacio de algo que no es y no está. Quiero creer que, como dijo aquel puerro esta vida es un cencerro, hay una posibilidad de reordenar los haces de luz desordenados, y concentrarlos todos en el asesinato premeditado y cínico, y pausado, y deleitado, de una hormiga que empezó siendo un dinosaurio para morir lupa mediante. Y hacer mi estilo más permeable, y utilizar la retórica para evadirme del taedium vitae, porque yo también soy "un hombre curioso que se aburre desde la más tierna infancia", y ahorrarme unos euros en psicoanalista, y destinarlos a viajar. Porque me sale de los cojones.
Y aún así, me leen y me vuelven a escribir. A todos ellos, gracias por creer en nosotros. Va por ustedes.

miércoles 2 de mayo de 2007

Prólogo

Arder como forma de exilio vital, buscar un espacio analgésico donde el amor sea sólo una palabra, y la muerte sea lo único inevitable.