viernes, 2 de julio de 2010

Fernanda. (Amores de juventud II)

Cabalgamos con los ojos cerrados, embebidos de esa mística que convierte en futiles los fonemas y alumbra nuevas formas de entenderse. Fue tu esponja negra, figura geométrica, casi pitagórica, la que limpió de palabras mi retórica estéril como lo son las armas que no saben usarse, y le puse acento y ritmo a esa manera tuya de decir sin decir, desdiciéndote con tus gestos, recogiendo las semillas del maíz maduro como lo haría una princesa del pueblo. Te movías, y ya ni siquiera asomarían los colibríes en la ventana, avergonzados de no ser tú, avergonzados de no llamarse tú. Al borde de tu abismo, desarbolado y febril, compuse al azar, recogiendo con la punta de los dedos los indicios que gritaban que era tu vagina un ópalo de fresa abierto al crepúsculo, una yema de carbón aterciopelada y gentil. Sucedió así: al retirar de mi cuerpo tus babas como horchata helada que vierte un niño sobre el sampancracio de escayola que alguien tiró a la basura, me di cuenta de que eras clínicamente subnormal y que llevabas casi seis horas tratando de marcar el número de la policía en el despertador de la mesita de noche. Entonces ya era demasiado tarde.