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martes, 17 de junio de 2014

El esquiador dadaísta 2:2

Un esquiador dadaísta nunca hablará en público. En su lugar, el esquiador masticará en todo momento su propia lengua y brindará sonrisas de boca llena a dos tucanes húngaros con camisa celeste de cuello blanco que aplauden pasadas las cinco de la tarde en una mesa larga donde concurren los caudillos de una corporación supranacional de coaching management. Consciente de la fragilidad del tiempo en Castilla, un esquiador dadaísta dibujará formas que aluden a la urgencia de las cosas con las migas caídas del pan y a continuación las hará resbalar por el mantel hasta depositarlas en el interior de una vieira hueca que fuma Ducados.

El esquiador, intuyéndose dadaísta, irá un momento al baño a retocarse con carmín el borde de los ojos. Al volver, si es dadaísta, un esquiador gastará unas monedas en la máquina de las frutas y alineará tres aguacates por cada proclama. El esquiador, encendido y con un sentido rítmico del desastre, accionará la palanca y a su vez una campana adornará las sentencias a medida que éstas son anunciadas desde el centro del cadalso, al tiempo que recoge las monedas y las deja caer al suelo trazando la forma de un pájaro sin pico o un torero desnudo o tal vez los labios de un alacrán fumando cigarrillos finos.

Un esquiador, por ser dadaísta, celebrará siempre el éxito con una sonrisa muy proactiva.


miércoles, 12 de enero de 2011

El esquiador dadaísta 2:1

Un esquiador dadaísta tiene una excusa: su caso es como el de esas muñecas chinas de segunda categoría que lloran cuando habrían de reír y ríen junto al cadáver recién estrenado de una niña de nueve años, con los brazos muy abiertos como un arcángel ebrio, o una gitana recibiendo el premio de la lotería. El esquiador, por ser dadaísta, soporta también un drama: cuando intenta explicarlo, su boca ya no es más que el borde resbaladizo de una trampa para pavos reales, y lo que pretendía ser sentencia se vuelve chiste, y el ejemplo único, y los párpados castañuelas.

El esquiador, sabiéndose dadaísta, vestirá el discurso con faldas y dará una palmadita paternalista a cada palabra que se precipita como si fuera la última, buscando el reconocimiento de otras que quedaron suspendidas en la liviandad de su atonía, y las enseñará a adoptar posturas impensables en pleno descenso, y las rematará con tildes gruesas allí donde la aerodinámica desaconseja. Si es dadaísta, un esquiador dirá que la puerta del despacho está abiertá, y firmará los albaranes del repartidor de bollería con los restos de las formas verbales depositadas en el empeine de sus zapatos.

En todo el proceso, un esquiador dadaísta se pondrá muy digno y fingirá que trataba de salvarlas en el aire, apuntillándolas en el suelo cuando el otro no mira.

sábado, 10 de mayo de 2008

El esquiador dadaísta 1:10

Para ser dadaísta, un esquiador ha de ignorar por completo que lo es y no debe, ni tan siquiera, intuirlo. El esquiador asumirá que la autoconsciencia del ser constituye el primer paso para dejar de ser, y por ello vivirá ajeno a su calidad, a pesar de la evidencia y del punto de vista de octavas personas, respondiendo con cinismo a los requerimientos de todos aquellos que pudieren necesitar su talento vanguardista para solucionar incidencias de carácter doméstico. Un esquiador de educación dadaísta nunca hará uso de su propia identidad en tertulias de ascensor y parquímetro, y en modo alguno podrán establecerse vulgares conversaciones en torno a su hipotético estatus de esquiador. En el caso de ser descubierto, y si el contexto no facilita otra salida, el esquiador estará obligado a guardar silencio y mantener la mayoría de los dedos dentro de los bolsillos, palpando algún objeto de textura aterciopelada que favorezca la laxitud momentánea del rictus. Con la intención de diluir la curiosidad de eventuales advenedizos, el esquiador optará por rememorar con insistencia las hazañas de atletas soviéticos previas a la caída del muro de Berlín, y no acabará hasta que al menos uno de sus interlocutores se haya taladrado los oídos con un destornillador americano. El esquiador, dada su condición, ísta su timidez, escogerá precipitarse a un abismo cuatricromático con la lengua envuelta en papel pinocho antes que desnudar su anodino currículum en programas de divulgación gástrica.

sábado, 3 de mayo de 2008

el esquiador dadaísta 1:9

El esquiador dadaísta se muestra incapaz de atravesar una galería de arte sin sentirse parte de una dinámica perversa. Aferrado a sus propios riñones, lanzará furtivas miradas a los que miran a gente que mira a gente que mira una pintura que es observada desde el interior de un bolso de mano por un animal indescriptible que huele a fresa. El esquiador trazará dibujos en el aire con una pluma serigrafiada, la cual agitará compulsivamente, y llegará a la conclusión de que toda la escena residía ya en su hipotálamo, y maldecirá su exiguo don de la oportunidad arrastrando las suelas de los zapatos, sobre las que imprimirá una fuerza directamente proporcional a la presión que soporta su alfombrilla cada vez que un operario de telecomunicaciones aparece muerto junto al rellano. Para evitar un colapso anacrónico de fatales consecuencias, el esquiador fingirá sentirse urgido y embocará el pasillo más cercano que conduzca a los servicios públicos, y a una distancia de no menos de medio metro del umbral de los retretes cambiará súbitamente de dirección y no volverá a abrir los ojos hasta que haya tomado la calle con la cremallera del pantalón empapada en la sangre de sus propios dedos y un escalofrío calzándole las vértebras.
El esquiador, por ser dadaísta, repudia cualquier clase de pragmatismo en sus maniobras de evasión.

sábado, 26 de abril de 2008

el esquiador dadaísta 1:8

Un esquiador, para ser dadaísta, debe haber padecido, como mínimo, una muerte en accidente o dos por indigestión. Tal acontecimiento será el salvoconducto de un esquiador cualquiera en un lugar cualquiera y en un tiempo cualquiera para adquirir la categoría pretendida, pero deberá ser silenciado durante un periodo que puede oscilar entre un día y una vida entera, dependiendo del sujeto. En cada caso, las autoridades llevarán a cabo las pertinentes advertencias y/o amenazas, y convocarán al esquiador para que comparezca ante un tribunal constituido por dos tercios de esquiadores rasos y un tercio menos la quinta parte de este último compuesto por imbéciles de color dorado y portadores de ilusión con flema. La quinta parte deberá ser completada mediante sorteo entre el censo de un barrio marginal donde la mitad más uno de los varones sean versados en ultraísmo de interior o hayan cocinado cordero con serrín el viernes de cuaresma de 1980. El esquiador encajará la sentencia de la peor manera posible y dedicará el resto de su vida a relatar las molestias que le ocasionare tal proceso, tanto si el mismo se saldara con la homologación para el dadaísmo de alta montaña, como si el mismo se saldase con la expulsión inmediata del aspirante y sin posibilidad de apelación.
Un esquiador, al ser dadaísta, concibe la muerte como un proceso aséptico de búsqueda de sí mismo.

sábado, 19 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:7

El esquiador, dadaísta de vocación, pondrá especial esmero en la ordenación alfabética de los anuncios por palabras en periódicos de tirada vecinal. Se hará cargo de las circunstancias y entenderá las urgencias del redactor que bebe un café cargado mientras su compañero yace muerto con un bolígrafo apuntillándole las entrañas, pero ello no será óbice para que tome la hoja y la devuelva corregida a los seis días de su publicación, dulcemente acomodada entre los pliegues interiores de una caja de bombones caducados. El esquiador, sensible hacia las cuestiones editoriales, abordará sin reparo la maniobra de intrusismo matinal con un paraguas enganchado en el cuello, y vomitará el zumo de naranja sobre la mesa al percatarse de que se ha tragado una cáscara de nuez.
El esquiador, como buen dadaísta, a veces flirtea con la mentira de sentirse periodista.

sábado, 12 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:6

El esquiador, si es dadaísta, abrazará con vehemencia un patrón de conducta basado en la negación. El esquiador, por ser dadaísta, asumirá de forma inequívoca todo aquéllo que no es y que no será, y todo aquéllo que no ha dicho y nunca dirá. El esquiador vivirá un negativo de su propia vida y sentirá stress cuando, de vuelta del crucero que nunca tomaría, encendiendo un puro a pesar de no haber fumado jamás, cae en la cuenta de que no ha puesto alpiste en la jaula del canario que nunca tuvo. Para un esquiador de confesión dadaísta, afirmar es claudicar, y pondrá todos los medios a su alcance para encauzar el orden natural del universo hacia el no, a pesar de lo que la razón sugiera o los indicios apunten.

Dialectõrum verbi gratia:

- ¿Desea usted una subida de sueldo?
- No, gracias.
- Quiere ser beneficiario de una felación gratuita no vinculante?
- Se lo agradezco, pero no.
- ¿Le retiro los utensilios de tortura para que pueda usted holgarse un tanto mientras procedemos a su ejecución?
- Más bien, no.
- ¿Asistió su persona a congresos de índole dadaísta en la década de los años treinta?
- Nonuncajamás.

sábado, 5 de abril de 2008

El esquiador dadaísta 1:5

Un esquiador de firmes convicciones dadaístas nunca caerá en el recurso de la enumeración de conceptos concatenados clausurada con un redundante etcétera, etcétera, por considerarlo de mal gusto. Nada de: hoy he saltado un cadáver, he iniciado una disputa vecinal con yogures de macedonia, he contraído una hepatitis, he contado el número de violetas de la avenida, etcétera, etcétera, he perdido un mechero en el Madison Square Garden, he sacado brillo al vaso de cognac, he impregnado de ironía un anuncio de pan de molde, etcétera, etcétera, he elaborado categorías humanas con criterios dispares, he bendecido una sopa de cebolla, he escupido hacia arriba y he saltado un segundo antes de empaparme de nostalgia, etcétera, etcétera.
El esquiador, por ser dadaísta, rara vez aprobará tales conductas lingüísticas, salvo en individuos hemipléjicos o bajo amenaza nuclear.

sábado, 29 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:4

El esquiador, como buen dadaísta, y ante posteriores purgas ideológicas, no reconocerá nunca estar plenamente de acuerdo o en desacuerdo con doctrina alguna, y defenderá su postura esgrimiendo como argumento esencial el caldo de morcilla.

Dialectõrum verbi gratia:

- ¿Beatles o Rolling Stones?
- Caldo de morcilla, gracias.
- ¿Postfranquismo o socialsocialismo?
- Un manjar exquisito.
- ¿Florinda Chico o Brigitte Bardot?
- Excelente caldo, insisto.
- ¿Menotti o Bilardo?
- Una morcilla realmente superior, bocado de cardenal, excelsa y suprema metaforización de dios. (sic)

sábado, 22 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:3

Un esquiador de credo dadaísta nunca respetará postulados ajenos. Actuará, no obstante, con cierta ambigüedad a la hora de debatirlos, si es que no hay más remedio y teniendo en consideración matices diversos:

- Evitará la confrontación directa en asientos paralelos de autobús o ante individuos que portan utensilios de pesca.
- Buscará el modo de entrar a un locutorio y solicitará el uso del retrete. Una vez allí, la metodología se torna dispar y confusa, quedando el desenlace a merced del esquiador.
- Acompañará cada aseveración con un leve gesto de complicidad fingida, aderezado con un fuerte pisotón y media vuelta antes de proceder a abordar una nueva cuestión.
- Propiciará la muerte instantánea del subconsciente, para evitar lastres irreversibles de inesperadas consecuencias en la psique.

sábado, 15 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:2

Un esquiador, al ser dadaísta, intentará recordar de forma minuciosa los nombres de todos los sujetos conocidos en cualquier circunstancia, y a tal empeño dedicará una hora diaria, que puede ser combinada armoniosamente con cualquier otra actividad doméstica. Un cepillado de dientes puede ir acompañado de la remembranza casual de todo el staff de su primer empleo: Liborio el reponedor, uno sesenta, complexión robusta y mirada turbia, fricción molar, casado con Federica, de vocación joyera pero ocupada en la gerencia de un puesto individual de buñuelos a las afueras de una localidad meridional destinada a maniobras militares de la Alianza Atlántica, enjuague bucal. El esquiador, de natural dadaísta, se esmerará en disimular el desempeño de esta tarea ante sus allegados, esquidores o no, y fingirá espontáneos e histriónicos ataques de tos compulsiva a cada evocación descuidada en voz alta de la lista de los integrantes de la banda municipal de música. El esquiador pondrá especial atención en desechar toda información irrelevante que pudiere distraer sus facultades cognoscitivas. El esquiador, por ser dadaísta, desconoce su grupo sanguíneo.

sábado, 8 de marzo de 2008

El esquiador dadaísta 1:1

Un esquiador, si es dadaísta, nunca preguntará la hora. Se dejará llevar, a lo sumo, por su intuición temporal-cognoscitiva para ir ubicando los sucesos de una jornada en su correspondiente franja horaria.

Verbi gratia:

- A eso de las 12 am he hecho un recuento de todo lo que me hace peor persona y le he puesto demasiado azúcar.
- Sobre las 3 pm he dado una vuelta por el cementerio con mi traje nuevo de esquiador, y los transeúntes se han quedado paralizados de la enbidia. (sic)
- Aproximadamente sobre las 6 pm he vomitado confetti.
- A las 10 pm, minuto arriba, minuto abajo, he hecho acopio doméstico de hormigas muertas y las he dispuesto en fila india desde el salón hasta la panadería.
- Hace escasos minutos, he comenzado a sentir miedo de la primavera.